Mi madre y yo nos separamos cuando tenía 17 años. Tomé la decisión de trazar mi propio rumbo —lejos de ella y mi familia— para seguir mi vida en Nicaragua mientras ella, al lado de mi padre y hermanos empacaron sus maletas en búsqueda de algo mejor. Esa decisión fue dura para todos y tomó tiempo en ser aceptada, pero en mi caso, fue la mejor decisión de mi vida. Cuando las diferencias de opinión y la división familiar eran evidente, fue mi madre quien —con todo el dolor en su alma— decidió que era lo mejor para mí y que detenerme sería en vano.
Me imagino algo similar para muchas de las madres que fueron separadas de sus hijos cuando tomaron la decisión de salir de sus hogares y participar en algo que llegaría a costarles la vida. ¿Cómo detener a alguien que estaba convencido de que el camino que decidieron tomar era necesario e importante? ¿Cómo decirle “no lo hagas, quédate conmigo”?
Esas madres que entendieron que sus hijos corrían el riesgo de ser apresados, torturados o asesinados debieron haber pasado noches con mucha angustia sin saber sobre su paradero y hoy, cuando esos hijos se encuentran sin vida, pasan horas llenas de dolor y tristeza. Estoy claro que mi madre no me perdió de esa manera, pero al ver como las Madres de Abril siguen lamentando la pérdida de sus seres queridos, considero que mi propia madre había pasado noches de intranquilidad, pensando en mí y mi bienestar.
De igual manera imagino a aquellas madres que nunca llegaron a tener esa última conversación, no pudieron hacer el intento de convencer a sus hijos de quedarse y quizás salvarlos de un final cruel y hasta inhumano.
Son esas madres que cada 30 de mayo no podrán recibir el amor de un ser querido. Algunas tienen otros hijos, pero ese núcleo familiar no estará completo más. Mi madre no me llegó a perder de la manera como doña Susana López perdió a Gerald Vásquez, como doña Liseth Dávila perdió a Álvaro Conrado o como doña Josefa Meza perdió a su hijo Jonathan Morazán en el propio Día de las Madres, pero… que un hijo se vaya de tu lado de forma prematura causa algún tipo de dolor en cualquier madre.
Por otro lado, también pienso en las madres de la revolución, en especial las que aún apoyan a aquel señor en el poder y que perdieron a sus hijos, quienes igualmente buscaban libertad de un dictador. ¿Qué pensarán ellas sobre las madres de hoy? ¿Habrá algún sentimiento de pesar en sus corazones? O simplemente no logran —o no quieren— hacer la conexión entre un tirano del pasado con otro del presente…
Es difícil celebrar un día como el 30 de mayo en nuestro país. Tenemos un gobierno que, sin piedad alguna, disparó en contra de su pueblo y acribilló a personas que no merecían morir. Ahora, tratan de borrar esos hechos con actividades y celebraciones partidarias, como una forma de lavarse sus manos ensangrentadas, como Macbeth y su esposa hicieron al haber matado y caído en la locura por tanta culpa.
Yo no me arrepiento de la decisión de haber tomado mi propio rumbo, pero sí de haberle causado tristeza a mi madre por haberme ido de su lado a tan joven edad; ella al final entendió y aceptó mis deseos. Al mismo tiempo, tampoco creo que ninguno de las personas que hoy no están más en este mundo, en algún momento se arrepintieron de su decisión. Pero te aseguro que —desde el más allá— extrañan a sus madres y sienten mucho verlas tristes.
Admiro a todas las madres que hoy siguen siendo la voz de sus hijos. Les mando un enorme abrazo desde lejos. De la misma manera como admiro y abrazo a mi madre, quien una vez fue mi voz, pero que me dejó ir al saber que era mi turno.
El autor es maestro de literatura y autor. http://nestorcedenoautor.wordpress.com/libro