Tras un largo y difícil camino, con sufrimiento y duelo incluidos, Virginia Contreras al fin halló un poco de alivio. Los asesinos de su hija Kendra Contreras, conocida como Lala, la mujer trans que fue asesinada atrozmente en Somotillo el pasado 3 de marzo, recibieron la condena que la madre demandó siempre: cadena perpetua, la primera sentencia de este tipo en Nicaragua.
Este viernes 21 de mayo, la juez y titular del Juzgado Primero Distrito Penal de Juicio de Chinandega, Rosa Baca Cardoza, dictó cadena perpetua revisable a Bernardo Arístides Pastrana Ochoa, alias el Piche y Jorge Luis Mondragón Acosta, conocido como el Tres Patas, autores del atroz crimen.
Contreras dijo a LA PRENSA que todo lo que los asesinos le hicieron a su hija no tiene perdón ni de Dios ni de ella y por eso siempre apeló para que se les aplicara la máxima condena en Nicaragua, establecida en la Ley 1058, que entró en vigencia el pasado 19 de enero.
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«El abogado de los asesinos siempre peleó por 25 años, pero yo siempre les enseñaba fotos de mi hija y yo le dije a la jueza que cómo iba a permitir eso, si ella —Lala— era una mujer que se convirtió en víctima, ella no se metía con nadie. Yo le pedía que los condenaran a cadena perpetua porque esas personas no pueden salir, serían terroristas si los sacan porque continuarían haciendo sus fechorías», refirió Contreras a este Diario.

Con la sentencia de condena perpetua revisable, Bernardo, alias el Piche y Jorge Luis, conocido como el Tres Patas, cuando hayan cumplido 30 años de prisión, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) volverá a revisar la pena. Los dos sujetos fueron culpados por asesinato agravado y este delito, junto al femicidio y parricidio, son considerados crímenes de odio en la ley que establece la cadena perpetua como nueva condena máxima en Nicaragua.
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La judicial determinó que los asesinos actuaron con alevosía porque la víctima estaba indefensa y calificó la agresión como «violenta, cruel e inhumana».
Virginia: «A mí sólo Dios me acompañó»
La madre de Lala dijo sentirse tranquila porque siente que se está haciendo justicia por el atroz asesinato de su hija, tras la sentencia de condena perpetua, sin embargo, también siente temor.
«Por un lado me siento un poco tranquila y por otra parte atemorizada porque a veces los familiares de las personas culpables se enojan más, que el daño que uno siente, y pueden causar algún problema. En mi familia no hemos tenido ningún tipo de problemas, mi familia es humilde, trabajadora y honrada», aseveró.
Enseguida comentó que tuvo que viajar hasta Chinandega en más de tres ocasiones para hacer los trámites correspondientes para luchar por la justicia de la muerte de Lala.
«A mí solo Dios me acompañó, di todas las vueltas sola yo, fue muy difícil el camino, mi familia me ayudó en los gastos más que todo. A mí me mataron a mi hija porque nació hombre y se identificó como mujer desde chiquita, no se merecía todo lo que le hicieron: arrastraron, amarraron, le sacaron los ojos y le trozaron la lengua, eso no se hace a nadie», dijo la progenitora.
No acepta ninguna negociación
Contreras siempre ha sostenido que su familia es de escasos recursos y muy humilde y ante ello espera que de verdad se cumpla la sentencia y que no haya ninguna negociación para que dejen a los asesinos de su hija en libertad. «Yo no acepto ninguna negociación, porque no me van a regresar a mi hija viva y sana como era ella, no me le van a dar de nuevo sus ojos, ni nada, entonces que ellos —asesinos— paguen su condena el resto de su vida».
Además comentó que el pasado 18 de mayo le vio la cara a los asesinos y a sus familiares quienes durante el juicio le pidieron perdón. «Me pidieron clemencia y perdón los familiares, pero con perdonarlos no me van a devolver a mi hija. Ese día ellos —asesinos— confesaron todo el crimen, me dijeron que los perdonara, pero yo no, que los perdone Dios algún día, Dios sabrá lo que hace. Yo espero que ojalá se cumpla la cadena perpetua», concluyó Virginia.
¿Quién era Lala?
Lala era la segunda de cuatro hermanos. Nació el 2 de septiembre de 1998 en el pequeño pueblo fronterizo de Somotillo, Chinandega, al occidente del país, a 173 kilómetros de la capital. En este pueblo nació y en este pueblo la asesinaron. Culminó sexto grado, era popular y muy querida por los habitantes del barrio.

Le gustaba pintar las uñas, hacer peinados, pero también colaboraba en los quehaceres de su casa, según su madre. «Ella era muy normal, yo siempre la acepté, nunca tuvo problema con nadie aquí en la casa, la aconsejaba, le decía que no saliera, que no hay amistades porque a veces te podían echar el brazo y traicionar», dijo Virginia.
Lala tenía 22 años, su sueño era volverse estilista profesional, montar su propio negocio y tener su casa.