¿Vuelve la ingeniería social?

La nueva propuesta de reforma a la Ley Electoral no es solo un intento de apañar un futuro fraude, sino una manifestación extrema de “ingeniería social”. El historiador británico Paul Johnson la definía como la tendencia a tratar a los seres humanos como meros bloques de una construcción diseñada al antojo por los dueños del Estado. Fue típica del siglo XX, cuando élites de “ingenieros sociales”, revolucionarios, trataron de crear nuevas sociedades utópicas con hombres y mujeres nuevos. Para hacerlo emplearon siempre la coerción y aplastaron las preferencias u opciones individuales.

Ejemplos de esto fueron las colectivizaciones forzadas de Stalin o la purificación racial de los nazis. En Nicaragua, durante la Revolución sandinista fue, entre otros, el intento de forzar a los campesinos a vender solo al Estado o a trabajar en cooperativas. A ellos no se les preguntaba. Los comandantes, iluminados por la ciencia marxista, eran los únicos facultados por la historia para decidir el destino de millones.

La novel reforma electoral propone que si el presidente es hombre el vice debe ser mujer, o viceversa. Igual deben ser mujeres la mitad de los “miembros del Consejo Supremo Electoral, Consejos Departamentales/ Regionales, Municipales y Juntas Receptoras; en todos los cargos de elección popular, en las Juntas Directivas de los partidos políticos y en todos los niveles de los mismos, inclusive en la presentación de fiscales”.

Puede sonar bonito. Equitativo. Defensor de la igualdad de género. Al fin al cabo la equidad, entendida como justicia e igualdad de oportunidad para todos, sin distingo de sexos, raza o creencia, es una aspiración noble. Pero es distinto cuando busca imponerse la igualdad de resultados y se hace del sexo u otros factores personales, el criterio para asignar posiciones.

Un primer problema con estas cuotas artificiosas es que contrarían las libres preferencias del pueblo. Si su mayoría detecta entre las mujeres más candidatos elegibles que hombres, ¿por qué no permitir que ellas conquisten, por ejemplo, un 70 % de los escaños? Igual si favorecen más a los hombres. Al fin y al cabo, el pueblo es soberano para decidir quiénes lo representan.

Otro problema es que se abre la caja de Pandora para que una infinidad de categorías y subcategorías de gente reclamen sus cuotas. ¿Por qué no dar el 40 % de los cargos a los menores de 30 años y 60 a los mayores, a fin de ser equitativos con la juventud? ¿Por qué no una cuota a los católicos, otra a los protestantes, y otra a los ateos, para lograr la equidad de creencias? ¿Por qué no asignarle una cuota de escaños a los LGTB para ser equitativo con las preferencias sexuales? Pero estos, a su vez, tendrían que disputar cuánto le corresponde a los homosexuales, cuánto a las lesbianas y cuánto a los travestis, a fin de que todos se sientan justamente representados. El caso puede complicarse al infinito porque cada subgrupo tiene sus propios subgrupos. Dentro de cada uno puede haber mujeres viejas y jóvenes, dentro de estos blancas o negras, dentro de estas creyentes o ateas, ricas o pobres, heterosexuales o lesbianas, etc.

Un tercer problema es que esta ingeniería social es injusta. Por siglos la justicia ha sido simbolizada por una dama que la imparte con una venda en los ojos. El mensaje es claro: debe darse a cada uno lo que le corresponde, sin ver que sea rico o pobre, blanco o negro, hombre o mujer. Las posiciones se conquistan por mérito y no por decreto o accidentes personales. Es injusto quitar a alguien su posición y dársela a otro, solo porque este tenga un color o genitales distintos.

En una sociedad verdaderamente libre o equitativa, el Estado trata de corregir los desbalances entre grupos sociales capacitando o facultando más a los menos favorecidos, a fin de que puedan competir con los otros en igualdad de condiciones. Eso y solo eso respeta la dignidad humana, la libertad de elección y la recompensa al mérito, propios de las sociedades democráticas. Lo demás es demagogia o tiranía.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión ley electoral Revolución Sandinista. archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí