Nuestro servicio exterior ha adolecido de meritocracia en el desempeño de cargos diplomáticos. La Ley de Servicio Exterior, Ley 358, creó el escalafón que registra categoría, mérito y antigüedad de funcionarios, pero solo ha habido dos concursos públicos de ingreso, a cargo de una comisión ad-hoc. Un primer escalafón se creó sin exámenes previos, influenciado por criterios político-partidistas. En Latinoamérica los funcionarios cursan una Maestría en Diplomacia e ingresan al servicio con rango de tercer secretario. A partir de ahí, se promueve ascensos por méritos. A esto le agregaría, eficiencia, disciplina, comportamiento intachable, responsabilidad y profesionalismo demostrado en el desempeño de sus funciones.
Tradicionalmente el servicio exterior ha sido un premio político para quienes aportan dinero o esfuerzos a la campaña política, lealtad partidaria, amistad y parentesco. Los puestos en países ricos son los más cotizados, sin procesos de selección, por órdenes “de arriba”, por lo que el Ministerio de Relaciones Exteriores nombra muchos funcionarios sin preparación ni experiencia, no idóneos para el cargo. Hago notar que desde hace unos treinta años, nuestro país cuenta con centenares de graduados en Relaciones Internacionales que, siendo idóneos, nunca han trabajado para nuestro servicio exterior.
En los últimos cuarenta años hemos tenido cancilleres de variadas profesiones, ninguno en Diplomacia que haya hecho carrera diplomática ascendiendo “desde abajo”. Esta carencia persiste para cargos directivos, embajadores y cónsules, con honrosas excepciones. Un personal profesional no llega a aprender, cuenta capacidad y mejora con posgrados, maestrías o doctorados. La Academia Diplomática José de Marcoleta, creada en 1997, ha hecho poco, brinda cursos “muy breves”, sin un programa académico de posgrado, carente de presupuesto autónomo, locales, biblioteca apropiada, personal docente calificado a tiempo completo, formación de idiomas y voluntad política que demerita, subestima o ignora la importancia de profesionalizar nuestro servicio exterior.
Un servicio exterior calificado hace carrera diplomática, asciende por méritos demostrados, rota en distintas áreas dentro del Minrex y en el extranjero, para tener una visión global de las funciones de la sede y del ámbito internacional, y mejora continuamente con aportes verificables. La Ley 358 dice que funcionarios con cuatro años en un puesto, roten en Managua o se trasladen al extranjero, pero esto solo se cumple circunstancialmente, para llenar vacantes, incapacidad, traslados, renuncias o despidos y no como una programación avalada por un respaldo presupuestario debidamente planificado. Asimismo, la Ley 358 tiene la figura de la “disponibilidad”, una herramienta política discrecional que “sin motivo” separa del servicio a funcionarios por tiempo determinado, prorrogable indefinidamente. Otros países usan la disponibilidad para separar a un funcionario como sanción disciplinaria, por salud, estudio o asuntos familiares, garantizando la permanencia de la carrera diplomática.
Es indispensable un plan de promoción, que incentive categorías salariales dentro del mismo rango, siempre que: el funcionario obtenga posgrados; aprenda nuevos idiomas; realice presentaciones anuales o participe en coloquios acerca de su área de trabajo; escriba ensayos que nutran una revista nacional de política exterior; que investigue, innove, proponga, analice, plantee y planifique estrategias a mediano y largo plazo, y se discutan y debatan con la comunidad académica.
Urge superar el tradicionalismo, que propicia una diplomacia fotográfica o turística improvisada, con agendas personales, vacía de contenido, que negocia acuerdos superficiales para darle algo a la prensa y justificar “viajes”, divorciada de los planes de desarrollo, sin propuestas, sin metas, ni prioridades, que reacciona a estímulos externos y adolece de amor patrio. Es el momento de replantear el rumbo y avanzar en profesionalizar nuestro servicio exterior. En pocos años nuestro país verá mejores resultados y ese esfuerzo contribuirá a impulsar nuestro desarrollo.
El autor es licenciado en Derecho y magíster en Diplomacia.