Aquel 25 de febrero

Me levanté temprano y salí directo a la Junta Receptora de Votos (JRV). Fui de las primeras en votar. No tuve que meditar mucho, era la única opción. ¿Fue voto castigo o un voto de esperanza? Creo que ambas cosas. Voté contra la frustración de mi niñez y mi adolescencia limitada por la guerra. Voté contra las injusticias que llevaron a muchos a irse del país; contra las filas para conseguir un poco de pan, arroz, aceite y unas cuantas latas de comida soviética, muchas veces ya expiradas. Pero, sobre todo, voté contra la muerte de tantos jóvenes de mi generación, contra nuestros anhelos truncados por una guerra sin sentido. Voté por un país en democracia y en paz, donde pudiésemos convivir sin matarnos; donde nuestros hijos no tuviesen que temblar, como lo hice yo, al ruido de las bombas cayendo del cielo, con el temor de ser la siguiente víctima; ni tuviesen que despedirse de sus mejores amigos porque se iban al extranjero o a tomar los fusiles para ir a matar a sus hermanos o morir ellos mismos.

Confieso que no pensé, en ningún momento, que mi voto, junto con el de otros cientos de miles de nicaragüenses, sería decisivo. Solo esperaba que ayudase a quienes nos gobernaban a reflexionar y enderezar el rumbo de nuestro país tan frágil y sufrido.

Después de votar, fui al Centro Nacional de Cómputos. De ahí, salí junto con otros funcionarios del Consejo Supremo Electoral a visitar algunos centros de votación de Managua. Todo parecía marchar en calma. A mediodía, regresamos al centro de cómputos. Todos parecíamos hormigas, trabajando de manera coordinada, sin parar.

A las seis de la tarde, entré a la sala donde los télex pitaban e imprimían puntos y rayas, y los telefaxes sonaban sin cesar, recibiendo resultados de cada JRV del país. Los resultados no eran los esperados. A medida que pasaban las horas la tendencia era bastante obvia. Antes de medianoche, supimos que no había vuelta atrás.

En la madrugada, me senté con varios de mis compañeros de trabajo en una grada afuera del edificio. Había un silencio sobrecogedor, interrumpido por voces que llegaban de La Piñata, donde los afines al partido que esa noche perdió las elecciones entonaban canciones de protesta. Canciones que hablaban de revolución, de hombres libres, de amor y esperanza, de igualdad. Canciones con las que yo crecí, que marcaron mi infancia en León, viendo a los estudiantes marchar para después huir de las balas y gases lacrimógenos; y mi adolescencia en Managua, entre escasez, alegrías y tristezas. Canciones que mi hermano y mis amigos entonaban montados en los camiones rumbo a Mulukukú para su entrenamiento militar; algunos iban como voluntarios, mientras que otros iban resignados después de ser reclutados para el Servicio Militar. Esa noche, escuchando esas canciones, me pregunté qué sería de todos nosotros. Tuve miedo de vivir siempre en guerra, de no conocer nunca la paz.

A las seis de la mañana del 26 de febrero, regresé a mi casa a ducharme y comer algo. No vi gente en la calle celebrando el triunfo. La ciudad estaba desierta.

En casa, me senté en el piso a ver por televisión el reporte oficial brindado por los magistrados del Consejo Supremo Electoral; cuatro hombres y una mujer, quienes, junto con sus respectivos suplentes y todos los funcionarios electorales, supieron cumplir con su misión y respetar la voluntad popular: Doña Violeta Barrios de Chamorro era la presidente electa de Nicaragua.

Con solo 22 años y muchos sentimientos encontrados, lloré por el pasado que quiso ser, pero que no fue; y por la esperanza de un futuro mejor después de aquel 25 de febrero.

La autora es abogada y máster en Ciencias Políticas.

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