Realismo brutal

 

Nunca ha sido fácil ser realista. La realidad, lo que es, muchas veces es enojosa, decepcionante, contraria a nuestras expectativas. Uno puede tratar de cambiarla, pero no sin antes haber analizado bien las posibilidades prácticas de hacerlo y sopesando con serenidad —con realismo— los costos y beneficios del camino elegido. Uno puede aspirar a construirse una mansión, pero si exige gastar todos los ahorros y quedarse en la calle, no tiene sentido hacerla.

El tema, en realidad, es complicado. Hay unos que, so pretexto de ser razonables, ven más negras de lo que son realidades que no tienen el coraje de cambiar. Es lo que ocurre con algunos pragmáticos: alegan que lo más razonable es acomodarse, no luchar contra circunstancias adversas o injustas, sacrificando así principios y, muchas veces, auténticas posibilidades.

Hay otros que son lo opuesto; idealistas o personas justamente indignadas que, como Don Quijote, quieren enderezar los entuertos, pero se dan contra las paredes. La sabiduría está entre los dos extremos. Es la que alude la famosa oración de “dame, Señor, el coraje para cambiar las cosas que puedo cambiar, serenidad para aceptar las que no puedo cambiar, y sabiduría para conocer la diferencia”.

No es fácil conocer la diferencia. Además de ser limitada nuestra razón, solemos albergar pasiones capaces de opacar nuestros lentes mentales. Veamos el caso de Nicaragua. Tenemos enfrente una auténtica tiranía; corrupta, asesina y nefasta. Han masacrado centenares de jóvenes, torturado, violado leyes y derechos fundamentales, apropiado en negocios oscuros miles de millones de dólares, empobrecido al país. ¿Es concebible, legítimo, moral, buscar un arreglo con ellos que permita democratizarnos, pero cediéndoles espacio para que coexistan pacíficamente con la oposición, sin rendir cuentas de sus delitos?

Francisco Larios, editor de la revista Abril, haciéndose eco de un sentimiento muy difundido lo rechaza enérgicamente: “A mí no se me pasa por la mente debatir con genocidas”. Me parece absolutamente inmoral darle espacio para que se “luzcan”, y nos den su “sabiduría” quienes tienen las manos manchadas de sangre”. Igual piensan muchos y por buenas razones. No llevar a los tribunales a quienes han cometido semejantes crímenes es algo que repugna instintivamente nuestro sentido de justicia. Lo ideal sería medirnos con ellos en elecciones, derrotarlos, llevarlos a juicio, encarcelarlos y quitarles todos sus bienes mal habidos. Dejarlos, por el contrario, impunes, ¿no sentaría un pésimo precedente? Es lo que de nuevo plantea Larios: “Quisiera que me respondieran qué ocurrirá con el próximo que asesine civiles, ya que se habrá establecido que “hay que perdonar”, porque “si no cohabitamos, viene el caos”.

Son planteamientos válidos. Inobjetables. El único problema es ¿cuál sería la alternativa a esos enojosos acomodos políticos que algunos hemos planteado, como posible vía para evitar peores escenarios? Aquí es donde los nicaragüenses debemos ejercer un realismo brutal. Porque el escenario ideal; elecciones libres seguidas por justicia retributiva, es algo que el tirano, con las armas en su mano y todavía muchos recursos, no va a tolerar, por más que se lo proponga la OEA y cien países más. Quedan pues tres escenarios; todos malos y uno peor. El primero es el detestable acomodo político, un modus vivendi de coexistencia parecido al que se logró después de las elecciones de 1990 donde los crímenes del tirano, incluyendo sus robos, quedan en la impunidad. El segundo es caer en una situación similar a la venezolana; el tirano se queda a sangre y fuego y el país se hunde en un aislamiento y penuria sin más esperanza que sus años, u otros imponderables, lo saquen del juego. La tercera es la guerra; conseguir con la diáspora y gobiernos amigos recursos para que la próxima insurrección popular no sea con morteros artesanales ni tiradoras, sino con AK y fusiles de franco tirador.

Los nicaragüenses tenemos que analizar bien cada una de estas alternativas con sus pros y contras; unas pueden comprar paz a expensas de la justicia, otras pueden traer justicia a expensas de la sangre y sin un final cierto. Hay que buscar la menos mala. Quien vea otra alternativa mejor y realista, que la explique. La abrazaremos con gusto.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión Don Quijote Francisco Larios archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí