Después de tantos meses de tensión me siento un poco más tranquilo. Pasé muchas semanas tratando de llenar solicitudes, formularios en línea hasta cumplir con todos los requisitos para inyectarme la vacuna del Covid-19. Mi primera dosis fue el 6 de febrero y pasó entre el nerviosismo y la inseguridad. No sabía si me iba a dar efectos secundarios, si no resistiría, pero finalmente lo conseguí. Me sometí a todo el protocolo, pasaba pegado a la computadora y al celular esperando la llamada del día de mi primera dosis y, eventualmente, llegó. No pensé que ser viejo y estar encima de los 65 años tendría alguna ventaja.
La segunda dosis la recibí el pasado viernes (26 de febrero). Tenía el mismo temor porque a mi esposa le había dado mucho cansancio y dolores de cabeza, por ese motivo me estaba preparando para tener unos cuantos días molestos. No obstante, gracias a Dios no pasó absolutamente nada, el dolor más grande fue el pinchazo, que es como un simple pellizco. Cuento esto no para presumir lo privilegiado que me siento con mi esposa, sino por muchas situaciones vividas en el proceso que podemos sacar lecciones importantes.
Leí con alegría la noticia de la llegada de vacunas del Covid-19 a Nicaragua, pero me preocupó la falta de un plan transparente para su distribución. Nuestro país parece un hospedaje de fantasmas en donde los que tienen el poder pretenden ocultar hasta el mínimo detalle de todo para evitar una verdadera rendición de cuentas. Ahí surge la primera lección en los países donde se respetan los protocolos. Cuando el sistema de solicitud se caía y no se podía inscribir a nadie, las personas comenzaron a desesperarse, los que tenían contactos llamaron a sus médicos cercanos o directores de hospitales y, me contaron varios amigos que la respuesta fue la misma: todos deben respetar el protocolo, no hay facilidades para nadie, aquí todos somos iguales, con excepción de los médicos y demás profesiones que batallan en la primera línea contra la enfermedad.
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En Nicaragua existe la costumbre entre las élites de poder que priorizan a sus allegados en muchas ocasiones. Deben pensar que una vacuna mal utilizada puede significar la muerte de un ser querido, el sufrimiento de toda una familia. Ojalá que se mantenga la sensatez y el sentido común, colocando a expertos a cargo de la distribución. En los países desarrollados, los ciudadanos y medios de comunicación han sido los fiscales, además que no se ha utilizado como instrumento político directamente, sino como un deber del Estado. Los nicaragüenses no pueden pestañear o mirar a otro lado, no hay partido político que valga, raza, si sos alto o pequeño, cristiano o no, toda persona tiene el mismo valor y nadie debe estar por encima del protocolo establecido.
Ruego a Dios todos los días por mi país y aunque la tranquilidad reina en mi hogar, mantengo la espinita al ignorar lo que ocurrirá con las personas mayores como yo en Nicaragua. Es tiempo de colocar las disputas a un lado y priorizar la vida, no podemos estar vacunados contra las arbitrariedades… no olviden que todos somos iguales.