Y además
En el artículo sobre los demonios en la mitología griega, publicado el 5 de febrero de 2021, dije que esos seres espirituales además de proteger a los humanos servían de mensajeros intermediarios entre ellos y los dioses.
Pero los dioses no se comunicaban con los humanos y respondían a sus preguntas y peticiones, solo por medio de los demonios. También lo hacían a través de los oráculos.
El mitólogo francés Jean Francois M. Noël dice que Séneca define al oráculo como “la voluntad de los dioses anunciada por la boca de los hombres”. Es que los oráculos eran sacerdotes o sacerdotisas que transmitían a las personas las respuestas a las consultas que hacían a los dioses. Y por extensión o asociación, también se llamaba oráculos a los lugares sagrados donde se producía ese intercambio de preguntas mortales y respuestas divinas.
Los oráculos más famosos de la antigüedad griega eran los de Apolo, en Delfos y Claros. En el primero el dios del sol se expresaba por medio de una sacerdotisas y en el otro eran sacerdotes los que transmitían sus mensajes divinos.
El escritor estadounidense Thomas Bulfinch (1796-1867), autor del formidable libro Mitología de Bulfinch —una copia del cual me ha obsequiado mi buen amigo Carlos Muñiz—, dice que el oráculo más antiguo era el de Júpiter (Zeus) en Dodona. Explica que dos palomas negras volaron desde Tebas, en Egipto. Una voló hasta Dodona, en Epiro, se posó en un claro de un bosque de robles y comunicó a los habitantes que en ese lugar debían establecer un santuario a Júpiter (Zeus). La otra paloma voló hasta el templo de Zeus Amón, en un oasis de Libia y transmitió allí el mismo mensaje.
La gente iba a los oráculos sobre todo para consultar a los dioses antes de emprender grandes empresas, como las guerras o expediciones de comercio y colonización, pero también para preguntar sobre asuntos menores y domésticos, como casarse, viajar, conocer sus orígenes, etc.
Pero no se crea que era solo cuestión de ir a donde el oráculo y preguntar. Según la magnitud del asunto que se quería consultar, era necesario hacer preparativos personales como ayunos más o menos prolongados, sacrificios de animales, purificaciones del cuerpo y peregrinaciones a lugares sagrados.
Famosas consultas a los oráculos y sus respuestas fueron, para mencionar dos casos muy conocidos, la de Edipo al oráculo de Apolo en Delfos, para saber quiénes eran sus verdaderos padres; y la de Alejandro de Macedonia al de Zeus, en Amón, para preguntarle si su origen (el de Alejandro) era divino. Por lo general las respuestas y los mensajes de los dioses eran enigmáticos, engañosos o de doble sentido. Tal fue el caso ya mencionado de Edipo, que cuando preguntó si Pólibo y Mérope eran sus verdaderos padres, la sacerdotisa del oráculo de Delfos le dijo: Matarás a tu padre y te casarás con tu madre.
Otro, mencionado por Jean Francois Noël, es el de Creso, rey de Lidia, quien antes de ir a la guerra contra los persas mandó un emisario al mismo oráculo de Delfos a preguntar cómo le iría en esa gran aventura. “Si Creso cruza el río Halis destruirá un gran imperio”, fue la respuesta. Creso creyó que eso significaba que podría destruir al imperio persa, pero resultó que fue derrotado y su propio imperio quedó destruido.
Pero también los dioses daban a conocer sus designios por medio de adivinos y profetisas que no estaban recluidos en los oráculos, sino que convivían con la gente. El caso de Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, es particularmente dramático. Ella tenía el don de ver el futuro, pero como no quiso acostarse con Apolo este la maldijo para que nadie creyera sus profecías. Casandra predijo insistentemente que Troya sería destruida por los griegos y advirtió que se les debería entregar a Helena para evitarlo, pero nadie le creyó.
Hablando de la Guerra de Troya, otro caso de un adivino famoso fue el de Calcas, o Calcantes, quien transmitió a Agamenón el mensaje de los dioses de que si sacrificaba la vida de su hija pequeña, Ifigenia, enviarían los vientos favorables para que los barcos griegos pudieran navegar hacia Troya.