¿Qué se propone Ortega?

Reina el desconcierto. El asombro. La ira. En forma implacable, la dictadura ha venido cerrando el cerco a los nicaragüenses a través de leyes y acciones cada vez más draconianas: la ley Putin, contra quienes reciben fondos del exterior, la ley de ciberdelitos, contra la libertad de expresión, la ley de soberanía, para inhibir a posibles candidatos, la ley de cadena perpetua, para intimidar, y la reforma penal, aumentando de dos a 90 días el tiempo de cárcel para investigar a supuestos infractores. Simultáneamente, y con un desprecio total por la Constitución y las leyes vigentes, descaradamente, y sin mediar la más mínima resolución judicial, se confiscan propiedades, se inventan multas millonarias contra opositores pretextando impago de impuestos, se les impone casa por cárcel con fuerza policial, se les allanan propiedades, etc., etc.

Cuando creíamos que ya habíamos visto mucho nos llega ahora la ley de defensa del consumidor, que mejor debía llamarse ley de protección de los corruptos; una verdadera ofensiva contra el sistema financiero, con una característica especialmente perturbadora, por cuanto indica un nuevo y mayor desprecio por la sanidad económica del país; por la suerte de millares de nicaragüenses: receptores de remesas, exportadores, importadores, tarjetahabientes, etc. Y todavía no sabemos qué otras nuevas leyes y medidas estarán cocinando. La incertidumbre es total.

La pregunta surge inevitable: ¿Qué pretende el orteguismo con todo esto? Diversos analistas han conjugado dos hipótesis: la benigna es que, siguiendo la táctica leninista de dos pasos adelante un paso atrás, busca tener muchas cartas de negociación de cara a posibles arreglos políticos. La otra es que el régimen, ante su creciente impopularidad, ha decidido abrazar en forma abierta el modelo autoritario que vemos con distintas escalas de severidad en Venezuela y Cuba; es decir, que se prepara tanto para negar comicios limpios y observados, como para enfrentar sus consecuencias, entre ellas pérdida de legitimidad y mayores sanciones. Que, en consonancia con el siniestro consejo de Tomás Borge, está dispuesto a que la nación pague cualquier precio antes que entregar el poder; que se prepara, en suma, para acorralar, castrar y anular completamente a los sectores opositores o independientes, y sostenerse exclusivamente a plomo y garrote.

Ojalá no sea esta última la alternativa que maquina en la fortaleza de El Carmen la pareja dominante y su cortejo de cómplices y sancionados. Porque no solo causaría abismos de dolor y desesperanza en su pueblo, sino que pondría en peligro su propia paz y futuro. No piensen ellos que los nicaragüenses nos someteremos resignadamente a ser indefinidamente aplastados. Cerradas en forma férrea las alternativas pacíficas, tendremos que sopesar, con toda legitimidad y derecho, otras vías, como hicieron ellos, y muchos ciudadanos más, en su lucha contra Somoza. No piensen, tampoco, que contarán siempre con la lealtad incondicional de sus propios cuadros o la del Ejército. En ambos hay descontentos que empeorarían en este escenario. La oficialidad superior está probablemente comprada, pero no la intermedia, donde hay patriotas que anhelan una Nicaragua mejor para ellos y sus hijos. Un día podrían golpear la mesa en defensa de la Constitución y la soberanía popular.

Queda todavía la esperanza de que el orteguismo tenga aún sabiduría suficiente para proponerse otra alternativa; la de explorar formas de entendimiento con la oposición y las fuerzas internacionales. En circunstancias más difíciles que las actuales, esto se logró en 1990. Había dos grupos antagónicos armados, con odios profundos y lutos recientes. Pero se pudo. Hubo diálogo, concesiones importantes recíprocas, y al final se impuso la cordura y la paz. Comentaba al respecto el articulista Adolfo Miranda que al mismo sandinismo le convendría más procurar dicho escenario, aun en la eventualidad de perder las elecciones; uno en que, independientemente de quién gane las elecciones, se asegurase espacio para todos en medio de una difícil pero necesaria reconciliación. Evidentemente que lograrlo no dependería de un solo bando. Orteguismo y oposición tendrían que perdonar y ceder; no empeñarse en aplastar al otro sino convivir con él. Quizás resulte repugnante para algunos. Pero si ambos no se lo proponen, estaremos saltando al abismo.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión
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