Nicaragua sigue bajando en los índices internacionales de corrupción. En cada medición va más hacia abajo. Solo Haití y Venezuela son más corruptos que Nicaragua, según el más reciente informe de Transparencia Internacional que se conoció la semana pasada.
Desde 2007, cuando Daniel Ortega retomó el poder y comenzó a restaurar la dictadura, el país ha venido descendiendo en esos índices internacionales de corrupción, para vergüenza de la mayor parte de los nicaragüenses que según nuestro criterio son personas con decoro. La prueba de esto es que la mayoría repudia a la dictadura y quiere que se restablezca la democracia. Y muy bien se sabe que corrupción y dictadura van de la mano, mientras que la transparencia y la honradez gubernamental se asocian con la democracia.
En la dictadura el ejercicio del poder está exento de limitaciones morales, no hay honestidad en el manejo de los recursos públicos, los que mandan creen que no tienen por qué rendir cuentas a la sociedad pues “el presidente es el pueblo, y el pueblo es el presidente”, o sea que son lo mismo.
Según la doctrina de la ética personal y pública, que viene desde la época de Platón y Aristóteles, “si hay una acción humana que por su trascendencia social debe estar rigurosamente sometida a la moral, esa es la política. Todas las acciones humanas deben estarlo. Pero con mayor razón la de conducir los destinos de los pueblos”. (Rodrigo Borja. Enciclopedia de la Política). Sin embargo, en una dictadura este principio de la ética política no existe o no se reconoce.
El gran valor de la democracia no consiste en que quienes ejercen cargos de responsabilidad pública, tienen que ser individuos perfectos, ni siquiera mejores personas que las demás. Pero el sistema democrático de gobierno se basa en la existencia de normas de transparencia e instituciones de control y rendición de cuentas, cuya aplicación y funcionamiento frenan las tendencias a la corrupción y, en los casos de que se cometa, la castigan de conformidad con la ley.
El agua bendita para ahuyentar al demonio de la corrupción es la transparencia, que significa claridad en todos los procedimientos de gobierno, de la administración pública y el funcionamiento estatal. Significa que a través de las leyes y mecanismos correspondientes de observación y control, los ciudadanos de manera directa o con la intermediación de los medios de comunicación independientes, puedan vigilar el actuar de los funcionarios públicos y asegurarse de que lo hagan de manera correcta y honesta.
Pero eso no vale en Nicaragua. Aquí hay una Contraloría que no controla nada y más bien justifica o esconde la corrupción gubernamental, de la que ella misma es parte. Está vigente una ley de acceso a la información pública pero ni los medios de comunicación ni los ciudadanos directamente pueden acceder a ella. Todos los asuntos de Estado y gobierno se manejan en la oscuridad, como el interior de las cloacas, y en estas las ratas de la corrupción proliferan y hacen de las suyas.
Lo hemos dicho en otras ocasiones pero es necesario repetirlo: Los países que son más democráticos tienen menos corrupción, algunos inclusive prácticamente nada. Por el contrario, los Estados dominados por dictaduras son los más corruptos, como lo informa y demuestra Transparencia Internacional en cuyo registro la Nicaragua de Ortega es uno de los países más corruptos del planeta.
Este régimen es más corrupto que la dictadura somocista y que el gobierno de Arnoldo Alemán, que es decir bastante.