Para quienes crecimos viendo el Capitolio como el templo de la democracia, la casa del pueblo, el corazón de la república estadounidense, las imágenes del miércoles 6 de enero en Washington, DC, indistintamente de la ideología partidaria con la que simpaticemos en los Estados Unidos (EE. UU.), fueron verdaderamente escandalosas. En lo que es la democracia más antigua del mundo, ese ataque contra la Constitución y los poderes constituidos jamás va a justificarse.
Ningún ciudadano o grupo de ciudadanos puede arrogarse una representación arbitraria, que no tenga su base en la ley, para interrumpir la función de un poder del Estado. Mucho menos se podrá hacer esto cuando hasta la Corte más alta de la nación (que dicho sea de paso es de mayoría conservadora) rechazó de plano, sin siquiera querer conocer su fondo, las querellas de las supuestas víctimas del fantasioso “fraude” electoral.
Insisto, no se trata de simpatizar con demócratas ni republicanos, con la “izquierda” ni con la “derecha”. Lo que estuvo bajo sitio esa semana fue el poder soberano que la Constitución de 1789 delega en dos cámaras legislativas, las únicas que pueden concluir el proceso de certificación y aceptación final de resultados de una elección presidencial en los EE.UU.
Ahora bien, por si aún es necesario contradecir las teorías conspirativas delirantes que alegaban las turbas que atacaron el Capitolio, solo basta mencionar algunos ejemplos de hechos verdaderos que no están sujetos a controversia alguna.
Para empezar, si el supuesto fraude fuera verdadero, ¿dónde están los votos “robados”, si observamos que uno de los estados más cuestionados por el candidato republicano perdedor (Georgia, cuyo gobernador también es republicano), realizó un total de tres auditorías contabilizando voto por voto, sin hallar anomalías relevantes? Igualmente, ¿cómo podrá contrarrestarse el propio argumento del entonces fiscal general del propio Trump, el señor William Barr, quien luego de las elecciones expresó que estas fueron lo suficientemente transparentes?
Por otro lado, de haberse dado un fraude de importancia, ambas partes tenían acceso a las cortes estatales y/o federales que las leyes permiten para dirimir cualquier duda al respecto. Sin embargo, según el último conteo del principal asesor legal de la campaña demócrata, los republicanos perdieron 61 de las 62 demandas que introdujeron contra el conteo de votos en todos los niveles. Es decir, las victorias a nivel jurídico-electoral para los republicanos han sido casi inexistentes, siendo lo único que ha abundado de su parte mentiras, “fake news” y teorías conspirativas.
Lo que lleva a deducir que, bien sea en Nicaragua o en los EE.UU., quienes permiten (consciente o inconscientemente) ponerse una venda en los ojos para seguir ciegamente los mandamientos de demagogos que recurren a este tipo de fantasías manipuladoras como modus-operandi, realmente pertenecen a cultos carentes de cualquier principio moral, en vez de ser dignos seguidores de alguna ideología político-partidaria.
Como conclusión, el día miércoles 6 de enero del 2021 vivirá en la infamia, siendo una fecha en que la cabeza de un poder del Estado arremetió con un discurso violento, incitando a verdaderas turbas para que intentaran clavar una daga en el proceso democrático que ha hecho de los EE. UU. de América el noble refugio hacia donde generaciones de inmigrantes hemos querido dirigirnos, una vez que perdimos las esperanzas en nuestros propios países de nacimiento.
El autor es emprendedor.