Vivir en paz

Iniciamos un año nuevo, lo hacemos con una gran carga de ilusiones y esperanzas y nos deseamos mutuamente lo mejor para el año entrante.

La esperanza nos hace mirar más allá del presente con ilusión y entusiasmo. Sin esperanza es imposible salir del barro que nos tiene anclados en un presente nunca deseado.

Da la impresión de que cada día se va haciendo más difícil la paz, porque cada vez aumenta también más el hambre, la miseria, los egoísmos, la inseguridad, los odios, la violencia y las injusticias. Y es que la primera condición para la paz es la voluntad de lograrla.

La Iglesia, desde hace mucho tiempo, inicia el año orando por la paz. Necesitamos urgentemente trabajar por la cultura de la paz. Sin cultura para la paz no podremos tener paz en el mundo, en nuestro país, en nuestras familias, ni en nosotros mismos.

La paz es el resultado de una siembra de valores y actitudes que tienen como fruto la paz.

No sembrar esos valores es no querer cosechar la paz. Mientras sigamos sin respetarnos mutuamente, jamás tendremos paz y jamás podremos darla a los demás.

El respeto mutuo es condición básica para la paz. Mientras sigamos sembrando la violencia en las calles, en el hogar, en nuestros sitios de trabajo, jamás tendremos paz y jamás podremos comunicarla a los demás. La violencia solo engendra violencia.

Mientras sigamos pisoteándonos los unos a los otros, pretendiendo imponernos, sea como sea, por encima de los demás, no vamos a tener paz ni la vamos a comunicar a los demás. El respeto al otro como otro es condición indispensable para que pueda hacerse presente la paz.

Si seguimos empeñándonos en vivir como lobos, será imposible que sembremos condiciones para la paz.

Si seguimos alimentando odios, rencores, agresiones físicas o psicológicas, en vez de trabajar por la comunión y el perdón, la paz será imposible en esta sociedad inhumana. “Quien siembra odios, cosecha tempestades”. Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes.

La cultura de la paz es obra de todos: de los gobiernos, de los políticos, de los empresarios, de los obreros, de la Iglesia, de las escuelas y universidades, de la familia.

La paz no se puede imponer por decreto; surge de una manera espontánea, cuando se siembran los valores que la producen.

La vivencia del valor “amor” que arrastra tras de sí una cadena de nuevos valores, como el diálogo, el servicio, el compartir, la solidaridad… es la siembra de la paz.

Es urgente que todos nos pongamos las pilas y empecemos a construir la cultura de la paz.

Si todos queremos vivir en paz, todos tenemos que sembrarla. Como decía San Agustín: “Estén en paz unos con otros; si quieren atraer a otros hacia la paz, deben estar en paz ustedes mismos, sostenerse en la paz ustedes mismos… Amantes de la paz, sean los primeros en vivir en paz”.

Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos, danos la fuerza para ser cada día artesanos de la paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todas las personas que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras diferencias en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón.

El autor es sacerdote católico.

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