Mucho se oye decir que la “unidad de todas las fuerzas opositoras es indispensable para derrotar la dictadura”. Suena bien, pero es errado. Es conveniente y necesario que la oposición logre construir un frente unido suficientemente amplio. Pero no es indispensable que incluya a todos. En primer lugar, porque nunca ha ocurrido. Ni en Nicaragua, ni en Venezuela, ni en casi ninguna parte. En 1990 la UNO, Unión Nacional Opositora, logró juntar alrededor de catorce organizaciones, en su mayoría partidos políticos, pero cinco quedaron afuera, entre ellos los conservadores fieles a Fernando Agüero y el partido social cristiano, quienes no lograron ni el cinco por ciento de los votos mientras la UNO obtuvo el 54.7 por ciento. Partidos de vocación zancuda, aquellos que van solos a cualquier elección para ganar curules, siempre los habrá. Las dictaduras siempre estarán listas a financiarlos para legitimar sus elecciones fraudulentas.
Es cierto que en Nicaragua hay una especie de trauma con la división del voto. Lo culpan de la victoria de Ortega en 2006. Pero hay que tener en cuenta que lo trágico en dicha elección no fue tanto que el voto opositor se dividiera, como de que lo hiciera por casi la mitad. Montealegre obtuvo el 28.99 por ciento de los votos y Rizo el 26.2. El primero obtuvo el 52.5 por ciento del voto liberal y el segundo el 48.5 por ciento. Si uno de ellos hubiese obtenido el 60 por ciento de este y el otro el 40 por ciento, hubiese habido una segunda vuelta y una derrota segura de Ortega, quien obtuvo el 38.04, apenas lo suficiente para ganar en primera vuelta. Gracias al pacto con Alemán, la ley se lo permitía con el 35 por ciento, siempre que la diferencia con el contrincante más cercano fuese superior al 5 por ciento. Esto no ocurrió. A Montealegre le faltó el 4.06 por ciento al haber cosechado el 28.99 por ciento. Mas hubiese bastado con que uno de los dos candidatos obtuviese el 60 por ciento del voto liberal para pasar del 33.05 por ciento y forzar una segunda vuelta.
En las circunstancias actuales, en donde los sondeos de opinión más confiables sugieren que Ortega —o su esposa— difícilmente conseguiría más del 30 por ciento de los votos, en unas elecciones limpias bastaría que una fuerza opositora consiguiera un poco más, supongamos el 40 por ciento, para derrotarlo en primera vuelta.
Lo que es indispensable, entonces, no es una oposición que aglutine todas las organizaciones anti-Ortega, en las que hay muchas “sopas de letra” con insignificante membresía, sino a las más fuertes, organizadas y democráticas. Esto último es importante recalcarlo. Porque no solo se trata de desplazar a Ortega, sino de sustituirlo por algo mejor; por un gobierno respetuoso de la ley, la libertad, la separación de poderes, la soberanía popular y los derechos humanos, entre ellos el derecho a la vida. Organizaciones que no comparten este ideario no tienen cabida en un frente verdaderamente comprometido con la renovación democrática.
Que esto implique algunas exclusiones no debe preocupar. Porque, entre otras cosas, puede que no sumen, sino que resten. Quienes carecen de abundante membresía y albergan idearios antidemocráticos, antivida y antifamilia, más bien podrían indisponer a sectores fieles a valores tradicionales, como suelen ser las iglesias católicas y protestantes con sus respectivos fieles, más el campesinado y los excontras. Seguir esperando a conciliar docenas de grupúsculos dispersos, algunos de ellos con agendas contradictorias, es una grave pérdida de un tiempo escaso y es hasta contraproducente.
Lo que hace falta, ya, es que los sectores verdaderamente democráticos se aglutinen alrededor de un partido legalmente constituido, con tendido electoral, que propongan entonces a la nación un atractivo plan de gobierno, elijan pronto su fórmula presidencial —y también a candidatos a diputados que gocen de buenas credenciales y suficiente apoyo popular— y se lancen cuando antes a recorrer todo el país proclamando su buena nueva.
Algunos se quedarán afuera. Algunos los acusarán amargamente de mil y otras cosas. No importa. Que compitan por los votos. Si se logra articular la alternativa opositora antes descrita, y se lanza a la contienda con el debido carisma, valentía y esfuerzo, podría estar segura que se convertirá en un imán al cual se le irán sumando la irresistible masa de nicaragüenses que detestan la dictadura.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.