Las creencias y tradiciones religiosas pueden ser atacadas de muchas formas. Las más extremas son las prohibiciones expresas, típicas de los regímenes comunistas, o la quema de iglesias y estatuas, como ocurrió este año en Chile. Pero hay otras formas más sutiles, pero no menos eficaces. La forma en que la sociedad contemporánea celebra la Navidad es un ejemplo.
Muchas de las tarjetas de felicitación que circulan en este mes nos desean “Felices Fiestas” (en inglés: “Happy Holidays”). Algunos de sus mensajes todavía conservan parte del espíritu navideño, deseando paz, fraternidad, amor, etc., pero evitan hacer referencias a su origen. Omiten la palabra Navidad y sustituyen los belenes o alegorías religiosas con Santa Claus, árboles de Navidad, campanitas, o paisajes nevados. Luego está el barullo de los regalos que, con su frenesí comercial y consumista, arrincona el tiempo para la reflexión culminando en cenas, afortunadamente familiares, pero donde se come y bebe y en un ambiente calificable como pagano, es decir, indiferente a cualquier contenido religioso. Así se va minando el verdadero significado de la fiesta.
Y es que la Navidad no es la celebración de la paz, la buena voluntad o la fraternidad. Es mucho más. Esencialmente es la celebración del nacimiento de Jesús de Nazareth, y por ende del cristianismo. Evento que para los creyentes es un parteaguas; el momento decisivo de la historia en el que Dios se hizo presente al nacer como un niño en Belén de Judea, en tiempos del imperio romano.
“Bueno”, podría decir alguien, “pero esto es válido para quienes comparten dicha fe, no para el resto del mundo”. Bajo esta percepción muy extendida, algunos —alegando a veces la separación iglesia y Estado— ven legítimo extirpar de la celebración la natividad de Jesús. Pero es una pretensión que choca con el hecho de que su nacimiento no es una leyenda ni un mito, sino un acontecimiento real, históricamente comprobable. Claro que los objetores todavía podrían decir que, para quienes no creen, se trata del nacimiento de un ser humano como los demás, mas no el de un dios encarnado.
Pero aun aceptando este argumento; aún si viésemos a Jesús como un personaje desprovisto de toda divinidad, como podría ser Bolívar o Aristóteles. ¿Qué encontraríamos? Desde un punto de vista estrictamente secular o hasta ateo, lo que puede sostenerse con rigurosidad histórica es que Jesús de Nazareth no solo es un personaje particularmente excepcional, sino aquel que ha tenido el impacto más profundo y benéfico en la historia de la humanidad. ¿Quién se le compara? Marx, quien para muchos intelectuales y revolucionarios del siglo XX fue la figura cumbre de todos los tiempos, dejó con su doctrina un legado de muertes y destrucción como ningún otro. ¿Napoleón? ¿Julio César?
Repasemos las más grandes figuras que han surcado los siglos; los más grandes próceres y pensadores ilustres. ¿Quién de ellos tiene el mensaje universal que nunca envejece, o la influencia sobre la ética, las legislaciones, el arte, el saber, la caridad y los acontecimientos, que ha tenido Cristo o el cristianismo? Cierto; hay otros personajes de otras latitudes y culturas que han tenido influencias muy positivas, como Confucio en China o Sócrates en Europa. Pero ninguno puede decirse que haya superado en extensión, profundidad y permanencia las enseñanzas de Cristo.
Valores que hoy se consideran parte del humanismo occidental, como la dignidad de todo ser humano, la igualdad ante la ley, la no discriminación, el respeto a los derechos humanos, la ayuda a los débiles, la protección de minorías, el perdón de las ofensas, etc., tienen su origen en el mensaje cristiano o, al menos, judeocristiano. Incluso, fenómenos como la democracia moderna no podrían haberse desarrollado sin ese sustrato ético y filosófico. El mundo contemporáneo sería muy distinto sin Él.
Creyentes y no creyentes deberían pues otorgar a la Navidad la honra y gratitud que merece. Porque ella celebra el nacimiento de aquel que, independientemente de que sea reconocido o no como Dios, ha tenido la influencia más profunda, benéfica y duradera, tanto en la sociedad que les rodea como en sus propias vidas. Recordémoslo ante el pesebre y ante el brindis de Nochebuena.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.