Locura de amor

En esta época, ¡todo se prepara! Con el Adviento iniciamos un tiempo de espera al gran acontecimiento histórico jamás soñado por el hombre: el nacimiento del Hijo de Dios. Dios, el Ser Supremo, que nace de una mujer, toma carne de su carne y se hace como nosotros, uno más en medio de los hombres.

Dios, el Señor que todo lo puede, determina hacerse precisamente “carne” de nuestra carne, lo más débil y frágil de nuestro ser como seres humanos. Dios —vida siempre eterna—, quien se hace carne nuestra y se hace también sujeto a la muerte como nosotros, es el único santo que asume como nosotros hasta la posibilidad de ser tentado y la lucha para no caer en la tentación.

¿Por qué Dios se hace carne de nuestra carne? ¿Qué es el hombre para que Dios haga esta locura por el bien del hombre? Aquel bebé, que iba a comenzar a llorar de un momento a otro, era Dios, era la plenitud de Dios… Esta locura, como es lógico, tenía que escandalizar a los “inteligentes”.

Pero para nosotros ese niño es Dios… El único que no nos humilla con su grandeza, sino que nos hace grandes con su pequeñez. Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser. Con toda razón se preguntaba el salmista: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?… Apenas inferior a un Dios le hiciste. (Sal. 8, 5-6).

El nacimiento de Jesús es verdaderamente la expresión más bella del amor de Dios por el hombre, una verdadera locura de amor. Por eso, la Navidad no puede ser para los cristianos sino una gran fiesta. ¡Y las fiestas se celebran!
A medida de cómo es la fiesta, más tiempo necesitamos para celebrarla como se merece, por eso, eso celebramos estos cuatro domingos llamados de Adviento que hoy iniciamos. La palabra “adviento” significa preparación “para la venida”.

A través de cada uno de estos domingos y días de adviento se nos va a ir revelando cuál debería ser nuestra preparación para que la fiesta de Navidad sea lo que es para todos los hombres: Dios que se acerca al hombre, se hace carne de nuestra carne, para que el hombre jamás se separe de Dios. Cuando Cristo entró en nuestro mundo, no vino a iluminar nuestros diciembres, sino a transformar nuestras vidas.

En este tiempo de Adviento se nos dice cómo debemos preparar la Navidad. El profeta Isaías nos dice que la mejor manera de recibir a Jesús es: “Escuchar sus enseñanzas para seguirle en sus caminos (Is. 2, 3). Caminar junto a Él que es la luz (Is. 2, 5)”.

San Pablo nos invita a que seamos libres y que rompamos en nosotros: “las obras de las tinieblas y nos revistamos de las armas de la luz.” (Rom. 13, 12). La fiesta de Navidad no se celebra con “comilonas y borracheras, ni rivalidades y envidias”, sino revistiéndonos de la luz del Señor. (Rom. 13, 11-14).

San Mateo nos dice: Va a venir el Señor: “Velen… estén preparados” (Mt. 24, 42-44). Como dice Isaías: “Caminemos a la luz del Señor” (Is. 2, 5). Esa luz, ese sol, no es otro que el Mesías, el Señor.

Adviento nos lleva de la mano para encontrarnos con Jesús niño, carne de nuestra carne y llenarnos de su luz, como nos dice el evangelio de hoy: “Estad en vela… Comprendan… Estén preparados”. (Mt. 24, 42-44).

El autor es sacerdote católico.

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