Las imágenes del Wawa Boom, el río que se tragó comunidades enteras, caminos y aisló Bilwi, en la Región Autónoma de la Costa Caribe Norte, y las de Basilio Hernández, dando sepultura a su única hija y sus dos nietos, víctimas del deslave del Macizo de Peñas Blancas en Matagalpa, son solo dos portavoces del dolor que sufren los poblados más pobres y abandonados de Nicaragua. Sus débiles estructuras, completamente destruidas por la furia del viento y la lluvia nos gritan desde el interior del país en demanda de un verdadero cambio frente a una marginalidad que pareciera eterna.
Los ripios de las viviendas destruidas por Eta e Iota circulan por las redes sociales como pidiendo hermandad, solidaridad y al mismo tiempo, confianza en una verdadera respuesta de futuro a su desgracia, que es también la de toda Nicaragua. Si hay algo rescatable del golpe horrible de estos dos huracanes es la unidad de trabajo y acción que se ha desarrollado entre la Iglesia, el sector privado, la sociedad civil, los poderes municipales y cientos de voluntarios. Y con ellos, el deseo resiliente de esas comunidades de reconstruir lo poco que tienen, con la esperanza de una nueva oportunidad de seguir viviendo.
En contraste a la bondad religiosa y cívica, el presidente ha seguido evadiendo su responsabilidad social y política, sin dar la cara ni anunciar un plan de reconstrucción inmediata. Afortunadamente, los ojos del mundo se detuvieron en esta tragedia. La comunidad internacional, al igual que los diferentes sectores sociales, han obviado la insensibilidad y la ineficiencia del Gobierno. Saben que la desgracia es tan grande que no hay tiempo para resentimientos, ni desconfianzas frente a la indignidad de las condiciones económicas y sociales de quienes perdieron todo y siguen expuestos al hambre, el desamparo y la muerte.
Lo que la comunidad internacional y nosotros debemos tener presente es que en la Costa Caribe no hay que reconstruir sobre lo mismo, porque sería repetir estructuras de miseria, marginalidad, traumas de exclusión entre el Pacífico y el Caribe, promover más desastres ecológicos, letrinas rebalsadas, pozos hundidos y otras consecuencias de la pobreza extrema. Como en toda tragedia, en esta hay que encontrar una oportunidad para presionar con más fuerza por un cambio estructural de desarrollo inclusivo, bienestar y solidaridad permanente para la Costa Caribe.
La capacidad destructiva de Eta e Iota, ensañada en los más humildes, nos vino a recordar dos urgencias. Primero, la imperiosa necesidad en las próximas elecciones de cambiar un gobierno inepto, únicamente dedicado a la saña de violar los derechos humanos, incompetente para atraer recursos, convocar a los distintos sectores económicos y sociales, y dar las respuestas que la nación demanda. Y segundo, que más allá de otro gobernante, lo que se necesita es un cambio de sistema con una visión de país que promueva políticas públicas incluyentes y reiniciar la lucha contra la exclusión y la marginalidad de la Costa Caribe.
Las destrucciones en Jinotega, Matagalpa, Rivas y el Caribe Norte han venido a sacudir la conciencia social para que no dejemos de pensar en la urgencia de consensuar un plan nacional de desarrollo, orientado a disminuir la pobreza, la elección de líderes comprometidos con la reconstrucción de comunidades con sentido de permanencia que nos garanticen esperanzas a “lo que el viento se llevó” y permitan que renazca el sueño de transformar la verdadera cara de Nicaragua: la extrema pobreza desvelada por la naturaleza con dos huracanes.
La autora es periodista. Directora Ejecutiva de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro.