Uno de los reproches de Jesús a quienes le escuchaban fue que podían discernir si venía o no lluvia, pero no “el signo de los tiempos”. Él se refería, en particular, a que, a pesar de las muchas señales dadas por su presencia y milagros, sus contemporáneos no captaban que tenían en frente al mayor acontecimiento de la historia.
Los tiempos, los acontecimientos que nos rodean, dan señales de la dirección que llevamos; si vamos hacia tormentas o hacia días soleados. El problema es nuestra crónica torpeza para entender estas señales. Sabemos leer cada vez mejor aquellas referentes a cambios climáticos y tecnológicos, pero solemos ser miopes ante aquellas más sutiles, pero más profundas, que anuncian hacia dónde camina la humanidad.
Las noticias de los últimos meses en Estados Unidos, junto acontecimientos vividos en Chile y otros países, son manifestaciones de evoluciones morales y espirituales capaces de producir grandes trastornos sociales. Es como en la geología: debajo de una superficie aparentemente plácida, a varios kilómetros de profundidad pueden estar escondidas fallas que acumulan tensión y que, tarde o temprano, pueden producir terremotos de impredecible magnitud.
Este año las protestas que siguieron a la muerte de George Floyd fueron acompañadas, además de la violencia incendiaria, de una pasión inconoclástica por borrar del mapa, y del recuerdo, estatuas de personajes como Colón y Fray Junípero Serra. Era la punta del iceberg. Debajo estaba un odio cada vez más arraigado a la cristiandad y al legado cultural de Occidente. Y de la mano de él, una visión muy negativa del propio país, caricaturizado como una sociedad sistemáticamente racista, opresiva e injusta.
Aludiendo a este fenómeno, el gran y controvertido intelectual, Jordan Peterson, comentaba cómo gran parte de la juventud norteamericana ha perdido de vista lo excepcional que ha sido el modelo norteamericano. Es cierto, decía, que, como en toda sociedad, hay muchos defectos que corregir, pero también muchas virtudes y logros que admirar.
El problema es que se ha perdido el sentido de gratitud hacia quienes posibilitaron la creación de lo que hasta la fecha ha sido una de las sociedades más prósperas, libres y estables en la historia del planeta. Una mitad del país, posiblemente decreciente, todavía venera sus símbolos patrios y su pasado, pero tiene muy poca influencia en las universidades y los medios.
Por otra parte, el hecho de que la otra mitad haya votado por una alternativa dispuesta a financiar y facilitar el aborto, la ideología de género, las restricciones a la libertad religiosa, y el debilitamiento de la familia tradicional, es sintomático de lo poco que los valores cristianos pesan en el ánimo de tantos votantes; de cómo el ateísmo, el relativismo y la permisividad moral, han calado profundamente en ellos.
Veamos también lo ocurrido en Chile: la sociedad más exitosa de América Latina, en cuanto estabilidad, democracia, crecimiento económico y derechos sociales, ha sido sacudida por olas de protestas violentas y destructivas. Ante estos fenómenos los analistas sociales se afanan por buscar causas socioeconómicas de los descontentos. Suponen que detrás de cada protesta hay alguna causa justa. Y claro, siempre aciertan cuando descubren alguna falta o defecto en las sociedades que escudriñan; ¿dónde no las hay? Pero eso no significan que sean la verdadera y más profunda causa de los odios y rechazos.
Las dos iglesias ardiendo en Chile, y la imagen del hombre derribando a patadas la imagen de la Virgen María entre el alborozo de la multitud, señalan la presencia de algo que para la mente secular, entrenada a solo mirar factores sociológicos es invisible: realidades espirituales que, en la teología cristiana, se denominan demoníacas. El fenómeno es complejo. Porque injusticias existen y personas de buena fe que tratan de enmendarlas también. Pero también, mezcladas con ellas, van los sentimientos menos nobles; envidia, resentimientos, odios, maldad. Aquí es pertinente recordar al filósofo británico Bertrand Russell, cuando se percató que la fuerza motriz del marxismo no era ni al amor al pobre ni el afán de justicia sino el odio.
Hay un odio creciente a la verdad. Un odio creciente a la vida. Un odio creciente a Dios. Son signos que llevan a la tormenta.
El autor es historiador y autor del libro “En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019”.