Donald Trump está habituado a que su entorno le dé la razón y aplauda todas sus ocurrencias, incluso cuando se trata de exabruptos completamente fuera de lugar. Eso ya se vio en la reunión que en 2025 mantuvo en el Despacho Oval con el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, un encuentro que pasará a la historia por el episodio de bullying, tanto en el lenguaje físico como el verbal, que desplegó el presidente estadounidense secundado en el linchamiento por su vicepresidente, J.D. Vance. Hasta sus asesores menos estridentes, como el secretario de Estado, Marco Rubio, se cuidan mucho de manifestar discrepancias que pudieran contrariarlo.
Si hay un terreno en el que la personalidad inmoderada y manipuladora del republicano se despliega como las alas de un pavo real es con los medios de comunicación que se resisten a ser sus simples vocingleros. En ruedas de prensa, encuentros informales con la prensa a bordo del Air Force One o en cualquier oportunidad, si un periodista le formula una pregunta que le resulta incómoda o no se ajusta a su narrativa, seguramente el presidente responderá con un descalificativo. Llama poderosamente la atención que suele ser más ofensivo con las mujeres que se atreven a desmontar sus falsedades o puntualizar sus inexactitudes. En más de una ocasión ha hecho comentarios sobre el aspecto físico o las ha llamado “cerdita”. Sin duda, Trump mantiene una relación tormentosa con los medios que se acentúa si quien se sienta frente a él o le coloca el micrófono es una mujer.
El más reciente incidente con una periodista ha tenido lugar con Kristen Welker, al frente del programa Meet the Press, de la cadena NBC. En una entrevista pregrabada, Trump volvió a insistir en que las elecciones presidenciales de 2020, comicios que ganó sin fisuras Joe Biden, fueron fraudulentas. Como suele ocurrir con los líderes autoritarios, el actual mandatario no se apartó de ese guion perverso que comenzó a escribir junto a otros colaboradores cuando comprendió que había perdido contra el demócrata. En realidad, ya lo había anticipado en la campaña electoral, tal y como hizo en 2016 en la contienda contra Hillary Clinton. Parte de su agenda MAGA es que las elecciones solamente son válidas si las gana él. Cuatro años después, ante una derrota en las urnas que impidió en ese momento su reelección, pergeñó la mentira del fraude e instigó la irrupción sediciosa en el Capitolio con huestes que pretendían abortar la certificación de Biden como presidente electo. Afortunadamente, aquel intento golpista fracasó a pesar de la estela de violencia y el golpe a la democracia que dejó a su paso.
Ahora, a pocos meses de las elecciones de medio término que podrían ser un referéndum acerca de la gestión de Trump, cuyos índices de popularidad dejan mucho que desear, el mandatario vuelve a las andadas con la cantaleta del “fraude” electoral. Es el alimento tóxico con el que alimenta y agita a su base, tal vez ahora más preocupada por la inflación y una economía que no es tan estelar como lo que les vendieron antes del segundo triunfo trumpista. El empresario neoyorkino tira nuevamente del victimismo y también lo hace para curarse en salud: si en noviembre los republicanos son castigados en las urnas, lo achacará a supuestas trampas de los demócratas y de esos medios que, según él, se prestan a un juego sucio.
Volvamos al encontronazo con Welken. Cuando ésta le remarcó que sus alegaciones sobre las elecciones de 2020 no tienen fundamento alguno, Trump la acusó a ella, y a la cadena para la que trabaja, de ser una “corrupta”. Antes de levantarse y dar por concluida la entrevista la llamó “estúpida”. Ese es el modus operandi al que los medios se han acostumbrado, como quien lidia a diario con un abusador que pasa de la ira a las reconciliaciones después de la tormenta.
Los medios en Estados Unidos parecen oscilar entre el temor (sobre todo el que irradia desde las gerencias de las corporaciones) a las represalias de la administración Trump y la voluntad de informar veraz e independientemente. En este vaivén, que tiene elementos coercitivos como los que aparecen en toda relación abusiva, cada vez son menos las identidades periodísticas que soportan con arrojo los embates de un gobierno para el que la prensa es su mayor enemigo. Ya lo predicó Steve Bannon, gurú de la doctrina MAGA: “Hay que inundar la zona de mierda”, una estrategia que consiste en aturdir a los medios y a la opinión pública con cantidades ingentes de desinformación que desorientan y desdibujan la verdad de los hechos. Ese es el hábitat del trumpismo.
Después del desplante de Donald Trump, Welken y su equipo están negociando nuevamente con él otra entrevista. Es lo que conlleva bregar con un abusador en el seno del hogar, que en este caso ocupa la Casa Blanca. La única salida es romper el círculo vicioso. [©FIRMAS PRESS]
La autora (La Habana, 1960) es periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner