Racionando arena y gasolina

Lo oí hace varios años en boca del intelectual Michael Novak y me pareció una acertada, aunque exagerada expresión literaria: “Si el socialismo llegara a gobernar el desierto del Sahara, terminaría racionando la arena”. Mas la metáfora resultó literalmente cierta: Venezuela, el país que con las mayores reservas petroleras del mundo tiene ahora que racionar gasolina y, para colmo, importarla de Irán.

¿Qué explica esto? Para responder conviene primero repasar en breve lo que distingue el socialismo de su opuesto, el capitalismo o sistema de libre empresa. Este, como sabemos, está basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la libertad: en él los ciudadanos como usted y yo preferimos comprar a quienes nos ofrecen los productos o servicios más baratos y mejores. Eso crea un incentivo poderoso para que los empresarios se afanen por mejorar y abaratar sus mercancías o servicios, y para que monitoreen atentamente nuestras preferencias y necesidades. Si no lo hacen mejor que sus competidores quiebran. Si aciertan prosperan. El resultado es una sociedad muy competitiva y dinámica.

El socialismo, en cambio, cree que la propiedad es un robo, los empresarios explotadores, y que la libertad de mercado lleva al enriquecimiento de pocos y la miseria de muchos. El Estado debe ser entonces quien dirija la producción, posea o administre la mayoría o la totalidad de las empresas, y establezca los precios de mercancías y salarios. Crea así una burocracia —la del partido socialista dominante— que cree saber lo que conviene más al pueblo y que se arroga, en su nombre, la potestad de dictar precios y cuotas de producción. Ya no somos ahora usted y yo quienes decidimos nuestras transacciones sino los burócratas —o jefes del partido— que, al poseer tanto poder económico, se vuelven inevitablemente corruptos. El socialismo tiene también un punto ciego: no busca como crear riqueza sino como distribuirla. En la vasta literatura mundial socialista no hay un solo tratado de cómo producirla.

Vienen entonces los problemas. Los burócratas, sin la guía de precios que indiquen la deseabilidad de los distintos bienes, los establecen arbitrariamente creando tremendas distorsiones. Convencidos, además, que los empresarios son explotadores, los confiscan u hostigan con impuestos confiscatorios y regulaciones. No debe sorprender entonces que se asfixie la iniciativa empresarial, que la productividad decline, que millares busquen emigrar, y que tarde o temprano, haya que racionar arena en el desierto con más dunas del mundo, o gasolina en el país con los mayores océanos de petróleo subterráneo.

Basta ver a nuestro alrededor para reconocer que, por el contrario, son los países capitalistas o de economía libre, los más prósperos del planeta; aquellos donde los pobres del mundo quieren emigrar. Recordemos al respecto cómo la Alemania comunista del siglo pasado tuvo que construir un muro para evitar que sus ciudadanos se fugaran al oeste capitalista, y cómo son los Estados Unidos el país cuyo presidente quiere un muro para todo lo contrario: para contener una avalancha de extranjeros desesperados por penetrarlo de cualquier forma.

Lo curioso es que, a pesar de los visibles resultados de ambos sistemas, los prejuicios contra el capitalismo y el romance con el socialismo continúen seduciendo. Al primero lo acusan de guiarse por un afán de ganancias que produce pobreza, cuando en realidad produce lo opuesto. Porque estas no pueden cosecharse sin satisfacer bien las necesidades sociales, y porque las buenas ganancias son las que posibilitan la expansión de los negocios y la creación de nuevos empleos. Trump logró que en sus primeros tres años el ingreso real de negros y latinos aumentara en un 4.6 por ciento anual, superando por mucho el récord de sus “compasivos” predecesores y logrando, de rebote, sus tasas de desempleo más bajas de la historia. Y no fue apelando a la fraternidad como predican las izquierdas, sino bajando los impuestos a las corporaciones (a los capitalistas) y simplificando la madeja de regulaciones que las asfixiaban.

Lástima que estas sobrias verdades, sustentadas no en teorías sino en evidencias empíricas irrefutables, no quieran ser vistas por tantos en el mundo entero, incluyendo millares de universidades, intelectuales, y cristianos de buena fe.

El autor es historiador y autor del libro “En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019”.

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