Los entendidos en estas cosas dicen que en el mundo de las ideas primero fue el mito y después el logos. Y en este estamos hasta ahora.
El Diccionario de la RAE tiene cuatro definiciones de mito, pero las dos apropiadas para lo que quiero decir son las siguientes: 1. “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. 2. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana”.
Un ejemplo de la primera definición de mito que he citado sería el de Hércules y sus 12 hazañas de Hércules, las que serían 13 según la imaginación del celebrado escritor nicaragüense Salomón de la Selva en su clásica obra Ilustre Familia, Novela de Dioses y de Héroes. De la Selva atribuye al superhéroe mitológico a quien los griegos llamaban Herakles, la hazaña adicional de haber tenido relaciones sexuales con las 50 hijas de Tespio, todas ellas vírgenes, en una sola noche.
Por cierto que este libro de Salomón de la Selva es en mi opinión todo un tratado de mitología griega. Se trata de “una biblia de sensibilidad y compendio de su pasión helénica, así como de la sabiduría de occidente”, dice Jorge Eduardo Arellano citado por Fernando Medina en el prólogo de dicha novela, edición de 1998, publicada por el Fondo Editorial Cira.
Por otra parte, como ejemplo de la segunda definición de mito, el mismo Diccionario menciona la leyenda de Don Juan Tenorio, obra maestra del escritor español José Zorrilla publicada en 1844.
Pues bien, considerando que logos se define como “razón, principio racional del universo”, y “discurso que da razón a las cosas”, entonces la expresión literaria y filosófica “del mito al logos” se refiere a que los humanos en la etapa primitiva de su existencia solo se explicaban las cosas de manera fantástica, todo lo que sucedía alrededor y a ellos mismos lo atribuían de manera espontánea e ingenua a la voluntad de seres superiores, dioses y otras divinidades.
El poeta griego de la antigüedad, Hesíodo, relata en su obra Teogonía el origen de aquellos dioses primigenios entre los cuales se encontraba el titán Prometeo, al que se le atribuía la creación del hombre y quien robó al dios del Sol un poco de fuego para darle la inteligencia a su criatura.
El otro gran poeta de la antigua Grecia, Homero, menciona en la Ilíada y la Odisea muchos mitos en los que los dioses inmortales interactúan con los humanos mortales, determinan sus acciones e intervienen en sus asuntos, a veces hasta de manera caprichosa.
Se comprende que así tenía que ser. En la época más temprana de la humanidad, cuando las personas vivían en la ignorancia absoluta, solo podían entender los fenómenos de la naturaleza, sus relaciones con otra gente y sus propios actos, como decisiones determinadas por seres superiores o dioses omnipotentes, omniscientes y omnipresentes que estaban por encima de todo.
Sin embargo, conforme fueron evolucionando las personas aprendieron a conocer la realidad. Poco a poco y muchas veces hasta contra su propia voluntad, fueron saliendo de la caverna donde estaban encadenadas a la ignorancia, según el mito de Platón sobre el cual escribí en la columna anterior a esta.
A mi entender —que no soy filósofo y ni siquiera estudiante de filosofía, solo un aficionado y un intruso en el maravilloso mundo del conocimiento—, Platón, al utilizar los mitos para explicar los fenómenos del alma, de la razón de la existencia humana, de la educación, de la libertad, y de las virtudes y los defectos de las personas, mostró el nexo de la mitología con la filosofía, el paso del mito al logos, el tránsito de la imaginación y la invención fantástica a la razón, al razonamiento lógico, al conocimiento e interpretación de la realidad natural y humana.
Se dice que fue Aristóteles, otro de los grandes filósofos griegos antiguos, quien indicó en su obra Metafísica que Tales de Mileto —quien descubrió y aseguró por primera vez en la historia que había un principio natural de todas las cosas, que para él era el agua— habría sido el primero en hacer a un lado la mitología para entender y explicar el mundo, y la sustituyó con el pensamiento lógico y racional.
Por supuesto que eso no ha impedido que hasta ahora haya muchas personas que no son lógicas ni racionales, que inventan mitos y se los creen. Personas mitómanas que en el peor de los casos detentan el poder, mucho poder, del cual abusan a su irresponsable discreción y cometen grandes y terribles fechorías.