La corrección fraterna es importante en la vida. Ninguno de nosotros puede ser indiferente ante el hermano. La frase de Caín: “¿Soy yo, acaso, guardián de mi hermano?” (Gen. 4, 9), no es cristiana.
El hermano sí nos debe de importar. Tiene que importarnos y mucho el hecho de que muchas personas estén peor que nosotros, que vivan en condiciones difíciles y tristes, que la están pasando difícil con la situación económica, social y política actual.
También tienen que importarnos los privados de libertad, los desempleados, los que están en el alcoholismo, la drogadicción y la codependencia tóxicas.
Igualmente, tiene que importarnos y mucho, el que la mayoría de nuestros jóvenes no vean futuro para sus vidas y que cada día se les haga más difícil su entrada en el mundo del trabajo, de la vivienda y el que nuestros adultos mayores y enfermos no tengan para sus medicinas.
El amor es una deuda que tenemos que pagar con nuestra solidaridad. Por eso, decía San Agustín que “cada uno es lo que es su amor”. Precisamente, porque nos debemos amor y solidaridad, debemos concretizarlo con algo que hoy se nos hace cada vez más difícil: la corrección fraterna.
Ezequiel nos dice que callar cuando es necesario hablar, es hacerse cómplice del pecado de los otros. Jesús nos invita a demostrar nuestro amor al hermano con nuestra corrección que es una invitación a la propia liberación y salvación.
El amor es lo que llevó a Jeremías a corregir al pueblo “porque no hizo caso a Yahvé” (Jer. 17, 23). El amor es lo que llevó al profeta Natán a corregir a David por el adulterio y el crimen que había cometido (2 Sam. 11-12).
El amor es lo que llevó a Juan Bautista a corregir a Herodes que había tomado como mujer a su propia cuñada (Mt. 14, 1-12). El amor es lo que llevó a Jesús a corregir la postura de Pedro que pretendía apartarlo del camino de la fidelidad (Mt. 16, 22-23).
Todos necesitamos de la corrección porque todos estamos expuestos al error, a tomar caminos torcidos en la vida, a ser engañados y no ver con claridad. Todos necesitamos de la mano amiga, de la palabra adecuada, del consejo que no hiere y del perdón que siempre salva.
Como dice el libro de los Proverbios: “El arrogante no quiere ser corregido” (Prov. 15, 12). “Quien corrige al arrogante se acarrea desprecio y quien corrige a un malvado, se acarrea ofensas. No corrijas al arrogante, pues te tomará mala voluntad; reprende al sabio y te amará”. (Prov. 9, 7-8).
Quien corrige, demuestra que sí le interesa el hermano; por eso, si corregimos nuestros familiares y amigos, al político, a los gobernantes, a los empresarios, a los obreros, mucho más debemos hacerlo en nuestra propia comunidad cristiana y familiar.
Los esposos deben corregirse mutuamente con humildad, respeto y sencillez: “Quien no acepta la corrección, se desprecia a sí mismo; quien la recibe, adquiere sensatez” (Prov. 15, 32).
Los padres deben corregir a sus hijos, precisamente porque les aman: “Quien no corrige a su hijo, no lo quiere; quien ama, corrige desde temprano!” (Prov. 13, 24). “Corrige a tu hijo y te dará consuelo y te sentirás feliz” (Prov. 29, 17).
Es verdad que muchas veces los padres desearían tirar la toalla, pero aquí tirar la toalla es lo mismo que dejar de amar: “El tonto desprecia la corrección de su padre; el sabio se lo agradece” (Prov. 15, 5). Quien corrige ama; quien acepta la corrección se ama a sí mismo.
El autor es sacerdote católico.