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La desnaturalización del Ejército

El 25 de octubre de 2000 se publicó en LA PRENSA una carta enviada al presidente Arnoldo Alemán por los generales en retiro Oswaldo Lacayo, Julio Ramos y Hugo Torres, refiriéndose a la naturaleza del Ejército de Nicaragua. Lo que motivara aquella carta no viene al caso. Lo importante son los conceptos que, desde hace casi veinte años, se expresan allí sobre el ejército. Transcribo algunos fragmentos a continuación:

“Este es un ejército que se ha forjado a lo largo de años y esfuerzos por darle a Nicaragua una institución armada profesional, apartidista, apolítica y no deliberante, altamente capacitada para cumplir con el mandato constitucional fundamental de la defensa de la soberanía, la integridad territorial de nuestro país y los otros establecidos en la ley”.

“Una institución al servicio de todos los nicaragüenses, que dejó atrás y para siempre erróneos y viejos conceptos, así como esquemas partidarios sobre la institución armada de la nación”.

“Hoy se definen y norman por la ley todos los aspectos de la carrera militar, desde la formación del soldado hasta la de los oficiales superiores y generales, así como el escalafón militar en el cual los grados y los cargos son su expresión más objetiva”.

“(Se) tiene que transitar un largo y difícil camino entre su periódica preparación académica y el ejercicio de su profesión; todo lo que junto a una sólida formación ética y moral da como resultado el contar con un cuerpo de oficiales de altos niveles de capacitación profesional como el que hoy tiene el Ejército de Nicaragua”.

“Queremos señalar la necesidad de que todos los nicaragüenses civiles y militares, que deseamos para nuestro país una paz duradera, sigamos acompañando este proceso hacia niveles superiores de profesionalización e institucionalización del ejército. La historia y el futuro así lo demandan.” (Hasta aquí los párrafos transcritos).

Quiero destacar estos conceptos: “Una institución armada profesional, apartidista, apolítica y no deliberante”. “Al servicio de todos los nicaragüenses, que dejó atrás y para siempre erróneos y viejos conceptos, así como esquemas partidarios sobre la institución armada de la nación”.

Creo que bajo los gobiernos de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, mientras en Nicaragua existió la democracia y nos regíamos por la Constitución y las leyes, el Ejército de Nicaragua bajo el mando de los generales Humberto Ortega (independientemente de sus actuaciones anteriores), Joaquín Cuadra, Javier Carrión y Omar Halleslevens, avanzaba muy bien cumpliendo estos principios, y logró ganarse el respeto y aprecio de la mayoría de los ciudadanos de todas las ideologías, así como el reconocimiento internacional, incluyendo el de las fuerzas armadas de otros países, vecinos y lejanos, como, por ejemplo, el del Ejército de los Estados Unidos.

Cuando llegó al poder Daniel Ortega con Rosario Murillo en 2007, todo lo avanzado en institucionalidad, democracia y respeto a la ley en Nicaragua empezó a destruirse —otra vez— y el Ejército de Nicaragua fue desnaturalizado bajo la jefatura del general Julio César Avilés y algunos otros oficiales. Se convirtió en un ejército al servicio de la familia Ortega Murillo. Ya no obedece a la Constitución sino a la voluntad de El Carmen. El relevo fijado por la ley quedó “congelado” por la enorme desconfianza de la pareja gobernante en la oficialidad militar, llevando Avilés —precisamente por eso— su tercer período consecutivo, pasando por encima del relevo que se venía dando y del respeto al proceso de la carrera militar.

El mal se hace tanto por acción como por omisión. El Ejército de Nicaragua ha visto pasar las violaciones a los derechos humanos del pueblo que juró proteger, las violaciones a la Constitución que juró respetar y la destrucción del país que juró defender. Sería injusto culpar de esto a todos los oficiales y soldados que más bien son víctimas de la desnaturalización de su institución. Seguramente muchos se sentirán avergonzados. Igual se desnaturalizó a la Policía Nacional. A algunos generales y comisionados los recordará la historia de la peor manera. ¡Qué pena!
El autor es comentarista político y de temas religiosos.

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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