El mito de Aidos

Aidos era para los antiguos griegos la diosa de la modestia, la vergüenza y la humildad.

Según algunos autores, era hija del titán Prometeo y su santuario principal estaba cerca del templo de Atenea, en la Acrópolis de Atenas. También tenía un lugar de culto muy importante en Esparta.

Aidos muchas veces era acompañada por Némesis, la diosa que castigaba la soberbia y la desmesura. Se decía que ellas fueron de las últimas divinidades que vivían en la tierra y la abandonaron cuando los humanos se volvieron incorregibles. En el Olimpo Aidos solía estar junto a Zeus y Diké, la diosa de la justicia.

Platón usa el concepto Aidos en el sentido de Virtud y en Protágoras, parte de los Diálogos, relata el mito de Aidos que vincula con el de Prometeo.

Cuenta Platón que “hubo un tiempo en que los dioses existían solos y no existía ningún mortal”. Pero llegó el momento destinado a la creación de los hombres y entonces “los dioses los formaron en las entrañas de la tierra, mezclando la tierra, el fuego y los otros elementos que entran en la composición de los dos primeros”.

Los dioses mandaron a Prometeo y su hermano Epimeteo a que dieran a los humanos y a todas las criaturas vivientes que poblarían la tierra, las cualidades que les fueran necesarias y convenientes. Epimeteo pidió a su hermano que le permitiera hacer solo la tarea y que cuando ya estuviera cumplida la examinara y aprobara. Accedió Prometeo a la petición de Epimeteo y este fue dando a cada especie los atributos que necesitaría para vivir y reproducirse.

Así, por ejemplo, a los animales que vivirían en lugares fríos les dio una piel peluda para que los protegiera del clima. A los muy pequeños y frágiles les dio alas para que pudieran volar, escaparan de sus enemigos y buscaran la comida. A unos le dio agilidad para que vivieran en los árboles y a otros les asignó las cuevas para que hicieran de ellas sus viviendas. A fin de que se alimentaran adecuadamente, a unos animales les asignó las hierbas y las hojas y frutos de los árboles, mientras que a otros designó que comieran las carnes de otros animales. Y así sucesivamente.

Pero Epimeteo, por descuido o la razón que fuese, dejó por último a los humanos, cuando ya había asignado prácticamente todas las cualidades posibles a los animales. De manera que estaban los hombres desnudos, sin armas, sin nada para cubrirse, defenderse y procurarse la subsistencia.

Se acercaba el día en que los hombres debían aparecer sobre la tierra y viendo Prometeo que Epimeteo los había dejado desvalidos, robó a Atenea el secreto de las artes y las ciencias, y a Hefesto un poco del fuego de la fragua divina (“porque sin el fuego las ciencias no podían poseerse y serían inútiles”, dice Platón) y se los dio a los hombres. Por eso Prometeo fue castigado por los dioses que lo hicieron encadenar a una roca en el Cáucaso adonde llegaba un águila a roerle las entrañas.

Pero según explica Platón “el hombre recibió la ciencia de conservar su vida, pero no recibió el conocimiento de la política”, porque Zeus lo tenía guardado bajo llave. La política, según el eminente filósofo griego, es el arte de gobernar a la gente con su consentimiento. Político es quien conoce y domina ese arte y gobernar mediante la fuerza no es política, es tiranía.

De manera que los hombres pudieron alimentarse, hacer sus viviendas, construir ciudades y muchas otras cosas importantes, pero por falta del conocimiento de la política carecían de virtudes como la solidaridad, la compasión, la empatía, el amor al prójimo y las demás virtudes que humanizan al humano, valga la expresión. Por eso, con el pasar del tiempo los hombres se degradaron, “se causaron los unos a los otros muchos males, porque no tenían ninguna idea de la política”, asegura Platón.

Zeus se compadeció de los humanos y antes de que se exterminaran por la intolerancia que los motivaba a la violencia homicida, envió a Hermes, el dios mensajero, a que les llevara los dones del pudor, la modestia, la justicia, o sea Aidos, que representa las virtudes que desde entonces poseen los humanos aunque no todos y no siempre las respetan ni las practican.

En todo caso, gracias el fuego divino de Hefesto y la sabiduría de Atenea que Prometeo les dio gratuitamente a los hombres, estos pueden, si así lo quieren, aprender el arte de la política, gobernarse por medio del consentimiento y no de la fuerza que es la tiranía. Solo que algunos (¿o muchos?) hasta ahora no la han terminado de aprender o no la quieren comprender.

Opinión Atenas platón archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí