El becerro de oro

Probablemente, de no ser por el torbellino causado por Donald Trump en Estados Unidos (EE.UU.) no habrían saltado a la superficie desde la sociedad profunda los prejuicios, el racismo, las mentiras, el odio, los insultos, la vileza, las descalificaciones, los crímenes, los abusos, los atropellos a los derechos humano y al estado de derecho. Y todo para satisfacer el ego propio y el de los herederos del Ku Klux Klan (KKK).

Trump se cree el hombre ungido e indispensable, como todo dictador, para conducir a la grandeza a los E.E.UU. en un nuevo período, cuando solamente ha logrado todo lo contrario: sacar a flote todo lo sucio y despreciable que desde su creación ha venido encerrando y acumulando esa nación.

Está probado que Trump no es un líder que resuelve crisis sino que las agrava, alguien que desune y no une, que agita los miedos y no tiene para nada respuestas sensatas y reflexivas. Es un alucinado. Así no se puede hacer grande a un país.

No se ha levantado un estadista de estirpe, sino un miserable becerro de oro.

Es amigo del caos y del odio. Es enemigo de la verdad y la decencia.

No es lo mismo gobernar un país tan poderoso, que manejar un emporio personal dentro de los privilegios de la libre empresa, mediante la cual puede explotar gente, sobornar, impagar impuestos, rodearse de mujeres en venta y de servidores sumisos, ostentar su obscena riqueza y llenarse los bolsillos de dinero dudosamente adquirido.
Mientras tanto, Trump se vuelve a un lado para no ver las penurias de millones de norteamericanos. La empatía no le es propia, desde luego, toda vez que las minorías solo le causan ira y desprecio. Se olvida de su pasado inmigrante y de su herencia controvertida.

Sin embargo, si algo hay que reconocer en Trump es haberse atrevido a levantar la tapa de la caja (tinaja) de Pandora. Lo hizo sin darse cuenta, por majadero, que él no era el hombre indicado para gobernar el país. Y quedó sobrepasado por la realidad. Pero Elpis, el espíritu de la esperanza, permaneció en el fondo de la caja.

Es por eso que no debemos perder de vista que en cualquier circunstancia por indeseable y ominosa que sea, en cualquier desgracia que nos desarraigue o nos arrebate a nuestra familia, en cualquier país por muy mal gobierno que tenga, “la esperanza es lo último que se pierde”, porque legítimamente debemos disfrutar de sociedades mejor dotadas y formadas, de instituciones fuertes y soberanas y de líderes sensatos y honestos que las dirijan en beneficio de todos sus ciudadanos con igualdad y sin exclusión.

Opinión Donald Trump Estados Unidos archivo
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