Personas de fe

Mi “Papillo” me dice siempre que la vida no es color de rosa y que toda rosa tiene su espina. La vida conlleva tempestades muy fuertes, momentos muy difíciles de superar.

Es como navegar en la que, algunas veces, las tempestades y el oleaje son demasiado fuertes y hay momentos en que sentimos el temor de hundirnos, como Pedro. (Mt. 14, 30).

El mundo está sumido en un mar de problemas de los que parece que no podemos salir y nosotros mismos pasamos, muchas veces, por problemas y pruebas bastante duras: enfermedades, desgracias, reveses económicos, familiares, de salud, decepciones, engaños, muerte por la pandemia…

Otras veces nos vemos como abandonados al vaivén de esta sociedad que nos acosa y que no nos deja mirar hacia qué puerto nos dirigimos. Y hasta muchas veces, hundidos en la aguas de la mediocridad y del vacío de la vida y la desesperanza, nos da la sensación de no querer seguir remando.

A veces, cuando nos vienen fuertes tempestades, tomamos posturas que, en vez de levantarnos con más fuerza, nos hunden en un abismo más profundo. Como Pedro, nos quedamos mirando a la violencia del viento y empezamos a hundirnos (Mt. 14, 30). Es precisamente en esos momentos difíciles de la vida cuando necesitaremos la fe.

La fe es la fuerza que nos mantiene en pie y nos hace seguir caminando, aunque la meta parezca imposible de conseguir. La fe nos da confianza en nosotros mismos y nos hace sacar fuerza aún de nuestra propia debilidad.
También nos hace mirar los problemas cara a cara, sin miedos que nos acobarden o nos hagan vacilar. Es la que nos hace echarle corazón y coraje a la vida y sus tormentas.

La fe es la que nos lleva a decir en esos momentos difíciles de la vida: “Señor sálvame”, como decía Pedro, cuando se llenó de miedo ante los fuertes oleajes que parecían que le iban a hundir en las aguas del mar (Mt. 14, 31). Nos dice que nunca estamos solos en las tinieblas de la vida; que Dios está siempre siendo esa luz que nos hace seguir viviendo en medio de la oscuridad.

San Pablo decía: “¿Quién nos apartará del amor de Dios? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La enfermedad? ¿El peligro?… De todo ello saldremos victoriosos gracias a Aquel que nos ama”. (Rom. 8, 35-37).

La fe nos dice que no estamos solos en ningún momento, que Dios está allí, más allá del viento huracanado, del terremoto o del fuego; está allí en lo más profundo del silencio de nuestro corazón, como lo descubrió el profeta Elías. (1Re. 19, 9-13).

La vida es un navegar en el mar de este mundo, muchas veces embravecido. Solo en la fe encontramos la fuerza para no hundirnos, pues por ella sabemos que Dios está allí, donde parece que no está, animándonos para que no dejemos de remar.

Ten presente que si el barro te cubre las rodillas, si al levantarte te vuelves a caer, si tus sueños se han tornado en pesadillas: no renuncies al tesoro de la fe.

Si has decidido dar todo por hecho y piensas que no hay más que hacer, si no sientes el latido de tu pecho, entonces busca el sonido de la fe.

Fe es el sentimiento más sagrado. Ten fe cuando tomes una decisión, fe en los que te han ayudado, fe cuando la quieras tener en ti mismo.

El autor es sacerdote católico.

Opinión Iglesia Católica archivo
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