La Frontera de Peñas Blancas luce árida, desolada y un ambiente hosco reina el lugar desde que Ortega ordenara el pasado miércoles reforzar la seguridad con agentes antidisturbios para disolver el cordón humano que formaban unos 200 nicaragüenses – de más de quinientos según cálculos de fuentes en el lugar – que se plantaron para cerrar el paso del transporte de carga como una medida de presión al régimen para que les permita la entrada al país.
Llevan una semana de espera en condiciones infrahumanas, sin medios ni dinero para hacerse la prueba del Covid-19 que exige el Minsa como pasaporte de entrada en tiempos de pandemia. Además ha aumentado la presencia militar en la zona y la carretera que conduce al puesto fronterizo, lo que ha intimidado a familiares que les esperan o se acercan para preguntar por la situación.
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Los agentes lograron romper el cordón y han replegado a los cientos de nicas contra el muro divisorio de la zona, donde improvisaron un campamento precario con lo poco que llevaban más lo que han podido recibir como donación humanitaria de organizaciones basadas en Costa Rica. Pero el drama de los varados continúa sin que el gobierno si quiera se responsabilice ni se pronuncie sobre medidas o protocolos de seguridad sanitaria que les permitan entrar a su país.
Desde la noche del miércoles 22 de julio Ortega reforzó la seguridad fronteriza luego que un grupo de nicaragüenses varados crearon un cordón humano para cerrar el paso del transporte de carga, como medida de presión al régimen.
Antes de llegar a la frontera de Peñas Blancas hay 8.5 kilómetros de furgones que esperan impacientes avanzar hacia la línea divisoria con Costa Rica. LA PRENSA/Roberto Fonseca
Aunque la presencia militar es usual en las líneas fronterizas, ahora los rondines de los soldados se extienden varios kilómetros antes y el patrullaje policial es constante. LA PRENSA/Roberto Fonseca
A la crisis humanitaria en la frontera, se le suman los nuevos protocolos de higiene y seguridad que ambos puestos fronterizos aplican a los transportistas y alargan la espera de entrada y salida de vehículos de carga. LA PRENSA/Roberto Fonseca
El control se ha reforzado para cualquier vehículo o civil que quiera ingresar o transite en el área, trabajadores informales apuntan que es debido a que no quieren que familiares de varados se amontonen a hacer recalamos. LA PRENSA/Roberto Fonseca
Contrario a la rutina normal de la frontera, que usalmente está nutrida de vendedores y trabajadores informales, la circulación de gente es raquítica ahora. LA PRENSA/Roberto Fonseca