Cuando la conversación gira en torno a los mejores lanzadores zurdos en la historia del beisbol nacional, es difícil no mencionar a Luis Cano, toda una eminencia en el arte del pitcheo. No es el mejor, pero sin duda está entre la élite de los carabineros de brazo «equivocado».
Como todo joven, Cano se apoyó en la potencia de sus disparos al inicio de su carrera, pero cuando comenzó a flaquearle el brazo, recurrió a su sabiduría y se hizo un maestro al afinar la habilidad de alterar velocidades y cambiar los ángulos a sus lanzamientos.
Fue así como enredó en su madeja al temible equipo de EE.UU. en los Juegos Panamericanos de Caracas en 1983, en ruta a una victoria 9×5. Canó les lanzó ocho ceros a un equipo liderado por Mark McGwire, B. J. Surhoff y Cory Snyder, antes que reaccionaran al final.
Esa fue la obra cumbre de Cano con la Selección Nacional que se llevó la medalla de plata en aquellos Juegos de forma milagrosa. Esa victoria de Cano fue decisiva. El zurdo también hizo una labor contra los Orioles aquí en 1980 en dos duelos amistosos.
A nivel nacional también ofreció grandes demostraciones de dominio y consistencia desde el montículo. Un lanzador muy hábil, inteligente y de amplio repertorio.
Su carrera inició en 1974 con el Flor de Caña y ese año acumuló balance de 5-1 y 1.72. Y aunque casi siempre lanzaba muy bien, a Cano como que le faltaba algo, a veces respaldo, pero no ganaba con la continuidad que merecían sus presentaciones.
En los años siguientes, por ejemplo, sus efectividades fueron: 1.72 en 1975; 2.23 en 1976 y 1.81 en 1977. Y sin embargo, durante ese período solo ganó ocho juegos. Y luego se perdió varias campañas por lesiones y constantes viajes a Honduras, donde reside desde hace años.
Su temporada cumbre es la de 1983 con los Dantos, al lograr récord de 13-5 y 1.45 en 174 innings. También consiguió 8-3 y 1.49 en 1985 y 9-3 y 2.09 en 1986. En 1983 se dio su memorable duelo de 17 innings frente a Diego Raudez y los Tiburones de Granada.
En 18 temporadas, varias de ellas incompletas, Cano, en cuyo repertorio había una recta decente y de mucho movimiento, cambio devastador, curva grande y hasta bola de nudillos, logró un registro de 94-68 y 2.47 en 1,445.1 innings, en los que propinó 1,061 ponches y dio 349 bases.
Quizá si Cano ha sido más estable y más saludable, a estas alturas fácilmente estaríamos hablando de un lanzador con más de 100 victorias y no solo de más de 1000 ponches en su carrera, pero le faltó un impulso para darle más forma a sus cifras.
Aun así, pudimos apreciar los recursos y habilidades de un tirador que hizo una transición perfecta del poder de sus disparos a la sabiduría que proporciona la experiencia. Más allás de las cifras, Luis fue una especie de Asdrudes Flores pero aún más fino.
Siempre recuerdo escuchar a Germán Espinoza hablar de los consejos de Cano: «cuando le estés pasando tanda a tus compañeros, no lo hagás a lo loco. Tenés que saber dónde le duele a cada bateador para que cuando lo tengás de rivales, ya sepás qué hacer».
En otro momento, Espinoza, siendo un joven en los Dantos, se puso a soltar el brazo solo para entretenerse con otro compañero y Cano lo regañó: «¿Qué estás haciendo chavalo? No desperdiciés tus lanzamientos. El brazo viene con sus lanzamientos contados. Andá sentate y aprendé viendo».
Y aprendió, porque Germán llegó a 106 victorias.
Edgard Rodríguez en Twitter: @EdgardR