Obrador y la pandemia

El hábito no hace al monje, ni ser presidente te hace capaz. Y es que una cosa es hacer política y otra, muy diferente, capitanear una nación durante una tormenta perfecta y prolongada. Controlar el caos no es para cualquiera.
La poca capacidad y veracidad de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) lo han expuesto internacionalmente. Los “otros datos” con los que él y su flácido gabinete toman decisiones señalan que los decesos por el coronavirus están por debajo de la realidad. A inicios de mayo, The New York Times revelaba que las muertes en la Ciudad de México superaban por más de tres veces las cifras oficiales.

El inusual bajo tráfico en la ciudad devela que hay miedo. Los mariachis en Garibaldi no tienen a quien cantarle, las taquerías, los parques y algunas estaciones de metro están cerradas. Los empresarios optaron por trasladar la oficina a casa y los comercios batallan por sobrevivir. Muchos hospitales privados rechazan pacientes por falta de cupo y el Seguro Social está fragmentado, sin insumos médicos básicos y pocos doctores. Mientras otras naciones incrementaron el presupuesto a la salud pública, México lo recortó.

AMLO ha tardado en reaccionar. A fines de marzo, invitaba a la población a llevar una vida normal. Para abril, con casi 2,000 muertos oficiales, insistía en que la pandemia estaba domada. A inicios de mayo el subsecretario de Salud celebrara un aplanamiento en la curva de contagios, los fallecidos sumaban casi 3,000; diez días después eran más de 5,000. A finales de mayo los muertos se acercan a 10,000. Si a esas cifras oficiales le multiplicamos los datos que exhibe el medio estadounidense, el resultado es aterrador. Pareciera que la reciprocidad del presidente para con su pueblo es exterminarlo.

López Obrador ni escucha, ni actúa. Su ceguera ante la “Cuarta Transformación”, frase con la que hace llamar su momento histórico de cambio profundo en el país, está resultando ser una transformación de cuarta. El panorama futuro de su sexenio no es promisorio, a la pandemia se le ha sumado la crisis petrolera, la devaluación del peso, la perspectiva negativa del PIB y altos índices de desempleo e inseguridad.

En Nicaragua el panorama no es distinto. La dictadura optó por una estrategia platónica, la ignorancia es grata. Sin embargo, quien calla otorga, y el silencio de Ortega huele a morgue. Los fallecidos por la pandemia no se esconden, como tampoco las víctimas de hace dos años. Al igual que AMLO, las convocatorias masivas de Ortega parecen tener como intención recompensar a sus correligionarios con la muerte, o ¿quizás buscan inmolarse?

Lo bueno es que el futuro es halagador, puesto que el coronavirus, al igual que Ortega y sus rémoras, pronto tendrán vacuna.

El autor es profesor universitario de Relaciones Internacionales.

Opinión AMLO archivo
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