El amor y la maldición de Dido

Al escapar de Troya, el príncipe troyano Eneas se va con un grupo de seguidores en pos del destino que los dioses le han deparado: Ir a Hesperia (Italia) y sembrar allí los cimientos de una nueva gran ciudad y civilización, más grandiosa que la destruida por los griegos en la Tróade.

Cuando la nave de Eneas ya ha navegado bastante, Poseidón, Dios de los Mares, sopla una tempestad que la empuja hacia las costas de Cartago, una floreciente ciudad establecida en el norte de África, donde ahora es Túnez. En Cartago reina Dido, cuyo nombre en su idioma fenicio natal es Elisa. Ella llegó algún tiempo atrás procedente de Tiro, huyendo de su hermano Pigmalión que le asesinó al marido, Siqueo, para robar su riqueza.

Eneas es hijo de Afrodita (la Diosa del Amor) y por lo tanto es un hombre muy apuesto. Dido se enamora de él desde que lo ve y lo invita a quedarse en Cartago. El troyano acepta la invitación, con la idea de que será por poco tiempo, mientras descansan, reparan fuerzas y preparan avituallamiento para seguir su largo viaje.

Pasan los días. Dido y Eneas estrechan su relación y un día que van de cacería, una tormenta los sorprende en el bosque, se refugian en una cueva y allí hacen el amor. Dido se siente la mujer más feliz del mundo y propone a Eneas que se casen, ofreciéndole compartir el reino de Cartago. Eneas recuerda que el espíritu de Creúsa, su esposa de Troya que desapareció en la huida de la ciudad arrasada, le predijo que tendría otra regia esposa. De manera que se siente tentado a aceptar la oferta de Dido.

Aparece entonces Hermes, el dios de los pies alados que es el mensajero del Olimpo, quien le recuerda a Eneas que tiene que continuar su viaje para ir a cumplir la misión que le ha sido asignada por los dioses.

Obediente, Eneas prepara a sus hombres y la nave para salir de Cartago, pero en secreto, a fin de evitar la resistencia y reproches de Dido. Pero la reina descubre el plan de Eneas y va a la playa donde el ingrato troyano se prepara para partir. Dido se humilla ante el hombre amado, le suplica que no la deje, no acepta la explicación de que es por mandato de los dioses que debe irse.

De todas maneras Eneas se va, dejando lastimada a Dido quien toma una decisión fatal. La reina de Cartago ordena que hagan una pira funeraria frente al mar, para que incineren su cadáver después de que se quite la vida. Hecha la pira, Dido se hunde en el lado izquierdo de su hermoso pecho una espada que Eneas ha dejado olvidada.

Pero antes de matarse Dido pide a los dioses castigo para Eneas, a quien maldice. Nunca habrá paz entre los hijos de Cartago y los descendientes del troyano, sentencia Dido. Tal es, según dice Virgilio en La Eneida, el origen de las Guerras Púnicas que han de librar Roma y Cartago hasta que una de ellas resulta exterminada y desaparece para siempre de la historia.

Opinión Eneas Troya archivo
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