Zona de Strikes: Bayardo Dávila era un mago en el shortstop

Bayardo Dávila para tener siempre un truco nuevo hasta el extremo de asombar cada vez más, como lo hizo por mas de dos décadas en el beisbol nacional

Y cuando suponíamos que ya lo habíamos visto todo, entonces Bayardo Dávila nos asombraba con un truco mejor. Y así se la pasó por más de dos décadas en el beisbol nacional, electrizando con su guante y estremeciendo con su bate.

Un día César Jarquín, conocido como la “Maravilla” por lo que hacía con la manopla, dijo: “Yo la verdad no he visto a nadie hacer lo que hace Bayardo con su guante. No queda más que aplaudirlo”.

Y Jarquín sabía de lo que hablaba. De hecho, siempre fue considerado el heredero de Rigo Mena en el shortstop. Ahora él hacía un traspaso de forma simbólica a Dávila, el mago de las paradas cortas.

No era fácil imaginar que tras una figura escuálida y a veces hasta pálida como la de Bayardo, había tanta poesía. Reflejos felinos, reacciones veloces y olfato exacto. Ahí no pasaba nada. Nada.

Y su bate se fue volviendo dañino a través del tiempo, al extremo de retirarse luego de 24 años con .274 de promedio, 1,381 hits, 115 jonrones, 670 anotadas y 639 impulsadas en Primera División.

Sin embargo, al inicio no le fue bien en 1986. Bateó .174 en 62 juegos, la mayoría de ellos en el jardín izquierdo. Pero al lastimarse Róger Acevedo, el shortstop, Dávila se ofreció para sustituirlo.

Cuando Acevedo volvió, lo movieron a segunda, porque aunque Bayardo bateó .228, .227 y .215 en las tres campañas siguientes, su guante se volvió una fuerza devastadora y espectacular.

En 1990 elevó su average en el Pomares a .312 y con la Selección Nacional dio cátedra en el Mundial de Edmonton. Bateó .314 y cero error en 56 lances. Ahí, junto a Antonio Zárate, Julio Medina, Nemesio Porras y Genaro Llanes, formaron un infield de película.

Aquí volvió a batear .300 con los Tiburones en 1991 y en la Copa de Barcelona ese mismo año, tuvo .359 con 10 remolques, siendo clave en la obtención de la medalla de bronce, en una tropa dirigida por su mánager Heberto Portobanco.

En 1993 tuvo el año de más balance a nivel local: .326, 15 jonrones y 62 impulsadas con el Granada. Y aunque en la Copa Intercontinental de Italia bajó a .222, volvió a brillar a la defensa sin un error.

Dávila siguió brillando a la defensa y con el bate dentro y fuera del país. En el Mundial de 1994 en Managua, bateó .296 con siete remolques y un jonrón ante Osvaldo Fernández de Cuba, que puso a soñar a 20 mil fanáticos en el Estadio Nacional Dennis Martínez.

Y su trabajo cumbre con la Selección fue en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, al resumir .435 y siete empujadas, para convertirse en el bateador más destacado del equipo, que terminó en el cuarto puesto. Ahí fue respaldado por Jorge Avellán.

Bayardo fue a los Panamericanos de Argentina en 1995, donde se ganó medalla de plata, pero en camino hacia Edmonton al Premundial, se retiró de la Selección y Avellán tomó su puesto para y completó el trabajo en la Copa de Cuba ese año.

Pero Bayardo volvió en 1997 en la Copa de Barcelona y además de lucirse con el guante, como de costumbre, bateó .364 con ocho remolques en siete partidos, dándole los toques finales a una brillante trayectoria dentro y fuera del país.

Se coronó campeón con los Tiburones en 1993 y en el 2007, mientras que también lo consiguió con el Bóer en el 2005. Una gran carrera sin espacio a dudas.

Edgard Rodríguez en Twitter: @EdgardR

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