Las maletas quedan abandonadas

Supongo que cuando el beduino Muamar Gadafi dijo esta incendiaria frase para sus seguidores: “Nos quedaremos en Libia para vivir o para morir”, lo que menos pensaba era en quedarse a morir.
Era una más de esas frases para la exportación que algunos usurpadores utilizan al filo del abismo, para amedrentar a los adversarios locales, para convencer a sus contertulios y para “advertir” internacionalmente de su decisión guerrera de caer como soldado en campo de batalla. Bueno… el epílogo de esta conocida historia, vaga en las redes sociales.

A veces nos preguntamos por qué algunos gobernantes teniéndolo todo, o casi todo, excepto la aceptación popular, no preparan sus salidas. ¿Será que algún duende maligno reclama las maletas como suyas y al final las extravían? Vehículos de lujo, diamantes, oro, colecciones de joyas de alto valor, pinturas, abrigos, relojes, alfombras, contenedores de dinero en efectivo son abandonados.

¿Qué pasa?

Muy pocos ya conscientes de haber caído en desgracia, planifican su salida del poder llevando consigo además de su vida que pende de un hilo, un par de maletas repletas de lo que consideran más valioso y que les permitiría continuar y mantener en su destino final el nivel de vida necesario, para el boato al que están acostumbrados. No faltan los cartapacios de documentos oscuros que amarran o esclavizan a aquellos que de alguna manera han sido favorecidos en ese círculo, para que aún fuera del poder sean útiles y permanezcan sujetos y dispuestos a correr a cualquier llamada del amo a quien han servido y de los que han sido merecedores de sus migajas.

Ser muy gráfico de lo que pasa en la mente de alguien que se ve urgido en un momento determinado a abandonar no solo el poder sino el país, no es tan complejo. Quisieran llevarse los palacetes que fueron diseñados para sus más ínfimos caprichos, las fábricas que financiaron, las nodrizas de sus hijos, su chef de cocina, el médico de cabecera, la secretaria personal, los militares de su seguridad personal, la alcoba de sus desvaríos más profundos, los sementales árabes importados y hasta los restos de sus familiares fallecidos muchos lustros atrás, como en el caso del general Somoza.

Todo ocurre en segundos como un devastador terremoto, como una emergencia para la que nunca se está listo. Se sabe que ocurrirá, pero como hay un deseo profundo que no ocurra, se omite el cuándo, ahí está el error. Los protagonistas dan la impresión de que jamás se prepararon para el momento en que Jano, ese extraño dios de las transiciones, está clausurando puertas y declarando finales. Las maletas listas, parecen huir de las manos de sus dueños. Todo es confusión, buscar medicamentos de enfermedades crónicas, documentos de propiedades que podrían reclamar en los próximos siglos los tataranietos. El plan de salida sesgado por las emociones suele sustentarse en cálculos llenos de grietas, fallando las órdenes en todas direcciones pues lo importante cede paso a la urgencia de poner pies en polvorosa.

Tanto detalle para el urgente e indeseable adiós, que al final ocurre como el extraviado en las inmensas arenas del desierto, que inexplicablemente se desprende hasta del agua que tanto necesita, ya sea por el peso y el cansancio, o porque el sol abrasador lo enloqueció.

Hareer Husein Kamel, nieta del expresidente iraquí Saddam Hussein, explicó que cuando abandonaba el palacio de su abuelo en Babilonia huyendo a Mosul solo llevaba unos pantalones y dos sudaderas. ¡Qué Patek Philippe, qué Rolex!, todo pierde valor cuando la vida está en juego.

El autor es escritor.
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