La etapa de medir la calidad de vida de los pueblos por la economía ha pasado. Los especialistas en desarrollo entendieron que no basta medir el progreso mediante el cálculo del PIB, o el ingreso per cápita. En países tan divergentes como Nicaragua, resulta muy complejo evaluar sus avances con el simple cálculo de indicadores econométricos.
Según (Datosmacro.expansión.com, 2019) el IDH es un importante indicador del desarrollo humano que elabora cada año Naciones Unidas. Se trata de un indicador que, a diferencia de los utilizados anteriormente y medían el desarrollo económico de un país, este analiza la salud, la educación y los ingresos. El IDH nicaragüense durante el año 2017 se calculaba en 0.658. Al consultar nuevamente su fuente primaria de medición en la actualidad (ni.undp.org, 2019), el IDH es de 0.614, es decir, el índice actual ha disminuido -0.044 puntos porcentuales. Después de notar esta inconsistencia en nuestro progreso, me pregunto: ¿Por qué nuestro país está condenado al subdesarrollo y no avanza en la búsqueda de su sostenibilidad integral? ¿Nuestra rebeldía evidencia y deja dudas sobre el efecto de nuestras guerras internas? ¿Es la incertidumbre de que si es nuestra actitud autodestructiva y egoísta, el caldo de cultivo y alimento de los opresores, de aquellos que nos mantienen bajo la bota del subdesarrollo, en estado vegetativo, incapaces de reaccionar para construir nuestro destino, uno que sea factible, posible y viable para las futuras generaciones?
Los fenómenos de la dependencia macroeconómica, la creación de una economía basada en el mercado externo y en la producción de limitados bienes primarios, generan desigualdad social e indigencia sistémica que facilitan la involución hacia la pobreza extrema que profundiza la desigualdad, la exclusión social y la indigencia como la joya de la corona del subdesarrollo. En consecuencia, estamos condenados a vivir en el hacinamiento, bajo la amenaza permanente del hambre, el desempleo, la ignorancia y lo peor, estamos reproduciendo nuestra miserable forma de vida a las futuras generaciones. El subdesarrollo nos obliga a ser resilientes y lograr la sobrevivencia en las condiciones más extremas que nos imponen las carencias de recursos y medios de vida.
Uno de los ejes importantes para el Índice de Desarrollo Humano es la educación. Según (Confidencial, 2017) Funides realizó en 2017 un estudio basado en una investigación regional de la Unesco, e identifica que Nicaragua está relegada en la calidad de la educación, siendo superada en forma negativa, únicamente por República Dominicana y Paraguay. Si se buscan más datos sobre esta problemática, abunda información sobre la triste realidad del sector educativo nicaragüense. Un informe sobre Seguimiento de la Educación en el Mundo publicado por la Unesco (2017-2018), indica que los estudiantes de países como el nuestro, no alcanzan las competencias mínimas de lectura y matemáticas. ¿Qué futuro promisorio puede esperarse en un país sin educación de calidad? ¿Será que el comportamiento antisocial de una población más indigente es producto de su incultura y el déficit en su educación? ¿Es nuestro atraso un resultado más de nuestra ignorancia?
A pesar de lo que se ha promulgado sobre una salud gratuita, este servicio público deja mucho por desear. Solo como referencia, en este momento Nicaragua tiene el primer lugar en incidencia de dengue a nivel de Latinoamérica. El dengue es una enfermedad asociada a los medios de vida, de más estará decir que en las condiciones de indigencia y hacinamiento en las que sobrevive la población, este tipo de epidemias progresa y se reproduce a mayor velocidad que en cualquier parte del mundo. Mucha de la población pobre sobrevive entre la basura, plástico, papel, chatarra, agroquímicos, inocuidad y desorden. Managua, la capital, se inunda cada invierno como producto de la acumulación de basura y sedimentos. El lago Xolotlan se encuentra en la vía casi inevitable de la extinción. La contaminación y ausencia de inversión ambiental facilita la contaminación y desaparición de ese hermoso lago, símbolo nacional e invaluable como recurso natural. La salud de la población se vuelve más precaria en la medida de que sus limitaciones económicas les relegan a vivir en condiciones infrahumanas.
Para lo posible de creer y según datos del Banco Central, el PIB per cápita en 2017 era de US$ 2,160.6 aduciendo que la bonanza provenía de buenas condiciones climáticas, actividades productivas y turismo. Según otras fuentes ligadas al desarrollo, entre ellas el Banco Mundial, Nicaragua tenía en ese mismo período más de un tercio de su población en estado de pobreza y 24 por ciento bajo su línea, o sea en la indigencia. Es decir que la distribución del PIB per cápita, no se correlacionaba con el ingreso de la población. Esta es una evidencia clara de la desigualdad y la hipocresía del discurso pseudo-desarrollista del modelo económico contemporáneo nicaragüense. “Riqueza para pocos, pobreza para muchos”. En las actuales condiciones, sería un sacrilegio atreverse a emitir un solo dato que estime una aproximación de nuestras pérdidas, dados los acontecimientos y sus evidentes consecuencias socioeconómicas.
Los nicaragüenses debemos experimentar un cambio de actitud hacia los fenómenos negativos que subyugan nuestro desarrollo. No es entre la inmundicia de la contaminación y la suciedad que puede construirse una nación ordenada, educada, emprendedora y humana. Debemos trastocar nuestro ideal de futuro para construir una sociedad libre de ignorancia, violencia, iniquidad, exclusión, racismo, injusticia, dependencia y populismo. Construyamos un país orgulloso de su inteligencia, digno, íntegro, ejemplo de innovación y ciencia, una Nicaragua soñada donde sus ciudadanos no agonicen en la indigencia, ni su talento humano emigre y se desperdicie lejos de los suyos. Donde el plástico sea prohibido, el agua sea sagrada, donde los bosques no vivan la agonía cotidiana de la motosierra y el hacha, donde el maestro sea preparado, venerado y respetado como tal. Un país con tanta riqueza, capaz de apuntalar el progreso regional y ser ejemplo del Desarrollo Humano para el mundo.
Los retos están planteados. ¿Quién se atreve a soñarlos y hacerlos realidad?
El autor es especialista en desarrollo sostenible territorial y rural.