Las críticas siempre van a acompañarnos. Al mismo Jesús, en la sinagoga de Nazaret, le criticaron por su condición humilde, el hijo de José, el carpintero (Lc. 4, 22), porque se aplicaba a sí mismo el texto de Isaías (Lc. 4, 21), y porque no hacía allí los milagros que hizo en Cafarnaún (Lc. 4, 23) y no tuvo más remedio que decirles: “En verdad, en verdad les digo, que ningún profeta es bien recibido en su tierra” (Lc. 4, 24).
Y echarles en cara su falta de fe creyendo que Dios era propiedad privada de ellos: “Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando… hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el Sirio” (Lc. 4, 25-27).
La verdad muchas veces duele, y si a alguien duele de una manera especial, es a los poderes de este mundo, políticos, sociales o religiosos, porque temen perder su popularidad. A los poderosos les encanta la adulación y el incienso; pero les molestan los profetas, como Jesús. Como dice el refrán: “La verdad tiene dos sabores: uno dulce, para quien la dice, y otro amargo, para quien la oye”. Por ello, al oír las palabras de Jesús, “todos los de la sinagoga se llenaron de ira y levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad y le llevaron a una altura escarpada del monte… para despeñarle” (Lc. 4, 28-29).
Jesús, al confesar en la sinagoga de Nazaret que “en Él se cumplen las Escrituras leídas de Isaías” (Lc. 4, 21), y criticar la ceguera de quienes no quieren aceptar la verdad, provoca en los asistentes de la Sinagoga la reacción violenta que les lleva hasta el pretender quitarle la vida despeñándole (Lc. 4, 29).
La historia de los poderes políticos, sociales y religiosos judíos se repitió una y otra vez y se sigue repitiendo hoy. Se asesinaba a los profetas ayer y se siguen asesinando hoy, como Jesús mismo se lo echó en cara a los fariseos: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque edifican los sepulcros de los profetas y adornan los monumentos de los justos… Con lo cual atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas” (Mt. 23, 29-31).
A Jesús no le intentan matar por mentiroso, sino precisamente por la verdad que decía y no podía callarla, aunque su vida estuviese en peligro. Jesús tuvo que ser consciente de que, al actuar y hablar de aquella manera, se estaba jugando la vida… Jesús era consciente del peligro que se le venía encima; pero Él no retrocede ni un paso.
Jesús no se deja agarrar por quienes querían despeñarle sino que “pasando por medio de ellos, se marchó” (Lc. 4, 30). Jesús no busca la muerte; son los asesinos quienes pretenden matarle. Pero Jesús jamás traicionará a su Padre y seguirá cumpliendo con su misión, aunque peligre su vida. La verdad padecerá, pero no puede perecer.
El autor es sacerdote católico.