Del evangelio al fusil

Qué mensaje había tras este verso del sacerdote-poeta Gaspar García Laviana cuando escribió: “Siento mugidos rojos que corren por las venas”. ¿Estaba ya harto del vejamen, la injusticia, la humillación hacia sus ovejas?

Quizás cansado de esperar los tiempos de Dios, comenzó a interrogarse del mismo modo que pudo hacerlo el padre Camilo Torres: ¿Puede el fusil sustituir o acompañar el evangelio de Cristo? A ciencia cierta no podríamos decir, en qué momento se da el clímax de contradicciones espirituales que llevan a un hombre de Dios a convertirse en soldado.

Decirles traidores al evangelio no cabe. ¿Anticristianos? Tampoco. Lo cierto es que no pocos hombres de la Iglesia cristiana han decidido en diferentes épocas tomar rumbos quizás irreconciliables con la doctrina de Cristo, equivocados o no sucumbieron a la tentación de convertirse en salvadores, de acuerdo a la visión del mundo que los había atrapado.

Cualquier ser humano en medio del dolor es capaz de reacciones jamás calculadas, y un miembro de la Iglesia aún predicando el amor y la vida, puede ser víctima del error de querer cambiar las cosas de forma desafortunada, contradiciendo su propio rol de “pacificador”, haciendo a un lado el magisterio del perdón y la esperanza.

Puede que el padre García Laviana haya estimado que la respuesta del cielo tardaba mucho y decidió acelerar las cosas, como los mismos misioneros aragoneses que inspirados en Camilo Torres y la teología de la liberación en 1969 decidieron compartir el evangelio con el ELN de Colombia.

Uno se pregunta si el “combo” de juntar la teología a la sociología, a la filosofía y la política es el menú del que resultan sacerdotes más sociales que espirituales, que ven a un Cristo siempre tirando las mesas de los vendedores del templo. No sabemos si es de ahí de donde parten con un látigo en la mano hasta convertirlo en fusil para defender a los más pobres, en cuyo caso, este método de liberación de las almas sufridas, eliminando almas perdidas, está contraindicado por la doctrina cristiana, cuyo mayor mensaje es la vida abundante.

¿Qué sintió el padre García Laviana, que lo llevó a una decisión tan contradictoria con su propia formación teológica cristiana? ¿Qué lo orilló a poner fin a su propio debate entre oración y espera o protagonismo militar?

Duro papel este, de ser sacerdote y poeta del que resultó un guerrillero. Al sacerdote no le está permitido la ruta de la violencia, pero al poeta sí. Y fue como este hombre de Dios no pudo resistir y “se perdió” dirían los fiscales de la espiritualidad, pero le puede ocurrir a cualquiera. ¿Cómo no extraviarte cuando la confesión del dolor de los demás es el pan de cada día? En mi poema “E-pístola” (La Patria sospechada 2013) en memoria de este sacerdote escribí intrigado, aunque mayormente confundido: —¿Cómo se predica perdón con manos que abrazan el hierro?

Persiste la pregunta: —¿Cómo puede un hombre de Dios, creer que el evangelio puede convivir con el secuestro, el asalto, el homicidio y el terror?

En la lejanía aún se escucha con tristeza el eco de los versos del sacerdote-guerrillero: “A morir, a morir, que para subir al cielo, hay que morir primero”; un eco perdiéndose poco a poco en el nuevo despertar de Nicaragua, que cantores y poetas cambiarían: “A vivir y vivir, que para ir al cielo falso es morir primero”.

El autor es escritor.
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