En todas las grandes confrontaciones suele estigmatizarse al otro, con el propósito de que se le asuma como enemigo con el cual no se dialoga, sino que se le combate y al cual hay que eliminar. Ello es parte de la violencia cultural que se asienta en ideologías políticas, que no se ve pero se manifiesta en crueles consecuencias. Se facilita así, la agresión, haciendo caso omiso de valores culturales, principios jurídicos o convicciones religiosas; a los judíos, en el medioevo se les llamaba “puercos”; el islamismo radical llama “infieles” al resto del mundo en la actualidad; los Contras llamaban “piricuaco” al combatiente sandinista, que casualmente en mískito significa: “perro sediento de sangre humana”; los sandinistas también en los años ochenta llamaban “bestias” a los miembros de la Resistencia Nicaragüense; de lo que se trataba era despojarlos, incluso, de su condición de humanos.
Recuerdo, en 1981, cuando “Dimas” se levantó contra la revolución, el comandante Jaime Wheelock, bajo el cobre de aquella tarde, ante una multitudinaria concentración en la Plaza de la Revolución, se preguntaba ¿y quién era Dimas? ¿Y qué encontramos debajo de aquel uniforme? Y él mismo se contestaba: “Encontramos a un campesino humilde, que incluso, había sido combatiente sandinista contra la dictadura somocista” y evocaba la parte de nuestro himno nacional: ni se tiñe con sangre de hermanos, tu glorioso pendón bicolor. Pedro Joaquín Chamorro B. hizo en LA PRENSA alusión a este hecho.
Años después, la Contrarrevolución sería objeto de estudios de paz y de las ciencias sociales, como un fenómeno de levantamiento campesino. A una cierta distancia histórica, he aprendido a conocer, entender y respetar a los hombres y mujeres de la Resistencia, me sorprende que ninguno de ellos acepta la violencia que vivimos, apelan al diálogo y al recurso democrático para las transformaciones que el país necesita, sus comandantes hablan con un gran sentido de sensatez, sabiduría y dignidad.
En el actual conflicto, estamos siendo arrastrados a un torbellino de violencia y de muerte en el cual se fabrican estigmas hacia el adversario, hacia la oposición, se le impone el término de “terrorista-golpista”, que no se corresponde con su significado científico, ¿a quién se le puede ocurrir que esa gran mayoría, conformada por niños, adolescentes, jóvenes y padres de familia que se movilizan y se expresan, pueden ser “terroristas”?, pero ese es el estereotipo que se quiere construir.
Tampoco el sandinismo es la maquinaria represiva que ensangrienta el país, pues en él encontramos un amplio conglomerado que cree en la paz, la democracia y la justicia, incluso, un sector, que aunque se defina como “orteguista”, cree en el sentido de lo social, que para ellos, este gobierno continúa desde la revolución.
Estamos a tiempo de salirnos de ese huracán que estereotipa al otro, que es nuestro vecino, con el cual muchas veces convivimos largos años de nuestras vidas, tal vez niños, tal vez una parte de nuestra adolescencia y juventud o compartimos una vecindad, colegio o trabajo reciente o lejano, pero que aprendimos y valoramos la calidad de esa persona y que tal vez fuimos incluso, objeto de su solidaridad y amistad. ¿Por qué vamos a romper esos vínculos en función de razones ideológicas o políticas? Esa historia ya la vivimos y se tornó contra nosotros.
La reconciliación no es algo alcanzado ni la paz duradera hemos sido capaces de construir y en medio de esa trama histórica se nos agolpa nuevamente la guerra y la ruptura. Podemos desandar lo andado y no precipitarnos al abismo, rescatando plenamente el valor de la dignidad humana.
El autor es director del Instituto Martin Luther King, de la Upoli.