Corregir errores para cambiar la historia

Que las muertes no sean en vano. En el pasado hemos cometido el error de infravalorar los males que anteriormente habíamos sufrido. Un error que no podemos volver a cometer. En estos momentos que definen el futuro de nuestro país – política, cultural y socialmente – es de suma importancia la postura que tomamos en el momento de resolver el conflicto. Si se vence por venganza, resultará en rencor y resentimiento; si se triunfa motivado en el interés propio, se promoverá el individualismo y la separación social; o si se fundamenta en ideologías partidarias o religiosas, el beneficio se limitará a sus respectivas instituciones, pero el tejido social permanecerá dañado y, en todo caso, nuestros derechos quedaran debilitados. Por ende, es indispensable que el enfoque de nuestro diálogo y la aspiración a compartir esté centrado en la búsqueda de justicia objetiva y un patriotismo pleno.

Buscando sincerarnos, de esta situación todos somos responsables. El presidente Ortega no ha evolucionado hasta llegar a ser el tirano de hoy. Al contrario, en los años ’80 detentó su poder con la misma desmesura. No obstante, muchos optamos por olvidar, y algunos hasta perdonaron. Hablamos de un hombre que ha sido acusado de múltiples crímenes; robo, corrupción e injusticias; y a quien se ha permitido su impunidad. El día que Daniel logró nombrar a su esposa como vicepresidente, todos reconocimos la vulneración de nuestros derechos, todos nos percatamos que era un paso determinante a la represión por venir, pero muy pocos hablamos, mientras otros celebraron y muchos solo pensaron: «mientras no me afecte a mí, no me molesta». No nos podemos perdonar tal indolencia, teniendo en cuenta que por décadas nuestro país ha sufrido dictaduras. No nos tapemos los ojos, ni volteemos la vista. Debemos ser conscientes de que toda injusticia trae consecuencias que no siempre serán inmediatas. Incluso, mientras más se prolongue la manifestación de sus consecuencias, más catastróficas serán las repercusiones. Esto lo digo admitiendo ser uno de aquellos, que a pesar de saber que algo andaba realmente mal, el silencio se mostraba más cómodo. Lo cual me lleva a mi siguiente punto.

El conformismo se ha vuelto un elemento cultural en nuestro país. Es más, nuestra ignorancia, real o fingida, perjudica no solo a quien opta por ignorar, sino a todos. Es por el conformismo, que nuestras ambiciones como sociedad se han visto reducidas a la comodidad individual. Muchos promulgan ser patriotas, pero esta actitud es precisamente lo contrario al patriotismo. El patriotismo es en su definición el orgullo de uno por su tierra y el vínculo entre ambos. Sin embargo, la manifestación del patriotismo no acaba ahí. Los verdaderos patriotas de la historia han mostrado que el patriotismo no es solo enorgullecerse, ni solo portar la bandera, es reconocer que siempre existe un margen para mejorar. Son los verdaderos patriotas los que han luchado por sus derechos, por sus principios y sus valores, en la búsqueda de impulsar el desarrollo del país y sociedad como conjunto. Es tener esperanza en que cada uno de nosotros puede y debe mejorar y prosperar con una vida exitosa en un país con oportunidades de progreso del cual nos podamos enorgullecer con toda convicción. Es en estos momentos entre tanto
sacrificio y sufrimiento, que no solo hay que unirse para vencer, pero hacerlo queriendo lo mejor para el
prójimo y para el país.

Algunos podrán criticarme por no estar entre los jóvenes que se encuentran en la vanguardia de las protestas luchando cara a cara con la represión, sufriendo y sacrificando. Cierto, pero no por eso siento menos sufrimiento al ver mi país en estas condiciones. Quienes no estamos presentes les debemos las gracias a quienes sí se }encuentran en la vanguardia, por luchar por lo que los nicaragüenses regados por todo el mundo creemos y queremos; por poner más en la línea que quienes no estamos ahí; por nuestros familiares; por nuestros amigos y nuestras futuras generaciones. Si permitimos que vuelva a repetirse esta historia, serán en vano no solo las muertes de hoy, sino también las de nuestros antepasados y las de todos quienes han luchado por una Nicaragua libre y prospera.

El pueblo unido, jamás será vencido.

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