Crítica de cine | La Forma del Agua

“No importa lo que suceda en la entrega del Óscar. La Forma del Agua tiene el premio simbólico por ser la más nominada a los Oscars”, dice nuestro crítico.

No importa lo que suceda en la entrega del Óscar. La Forma del Agua, la nueva película del director mexicano Guillermo del Toro, tiene el premio simbólico de haberse llevado el mayor número de nominaciones. El título figura en 13 categorías y es la favorita para llevarse la estatuilla a la Mejor Película. Nada despreciable para un filme inspirado en uno de los géneros más modestos. Las películas de horror centradas en monstruos, los “creature features”, podían ser muy populares, pero se alejaban de los productos con aspiraciones de prestigio. Con el tiempo, las mejores de ellas han alcanzado estatus clásico. Del Toro se inscribe en esa tradición al darle un barniz de sofisticación y la Academia está dispuesta a ayudarle.

La acción se desarrolla en Estados Unidos, a inicios los sesenta. Elisa (Sally Hawkins) es una solitaria mujer muda. Su única amistad masculina es su vecino Giles (Richard Jenkins), un diseñador gráfico gay al borde del desempleo. La heroína trabaja limpiando un laboratorio del Gobierno a la par de Zelda (Octavia Spencer), su mejor amiga. Su vida cambia el día que un comando militar llega con un “activo”, objeto de una investigación secreta. Se trata de un extraño hombre-pescado traído del Amazonas. “¡Los nativos lo adoraban como si fuera un dios!”, dice el agente Richard Strickland (Michael Shannon), justo antes de torturarlo con choques eléctricos, ante la mirada reprobatoria del científico a cargo del proyecto, el Dr. Hoffstetler (Michael Stuhlbarg).

Accidentalmente, Elisa descubre que la criatura no es un monstruo. Puede comunicarse con él. Pronto, la compasión da lugar al romance. Pero, ¿qué tanto está dispuesto a sacrificar por el ser amado? Del Toro toma la matriz del filme de monstruos y la reconstruye con un acabado de primera categoría. La Forma del Agua es hermosa y por eso merece ser vista en la pantalla grande.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE
Juan Carlos Ampié, crítico de cine. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Aprovechando la época, presenta una versión idealizada del diseño de los años cincuenta y sesenta, degradada artificiosamente. Todos los espacios se ven bellamente arruinados. El verde se convierte en el color de referencia. Está presente desde el agua que inunda los sueños de Elisa, hasta los caramelos que el villano consume con compulsión. Alexandre Desplat aporta una partitura musical expresiva.

Los elementos formales y narrativos de la película la presentan como un cuento de hadas —la narración de Giles introduce a Elisa como “una princesa”—, pero sepa que es un producto decididamente adulto. O al menos, asume la concepción popular actual de lo que identifica a un producto cultural para adultos. La película es inusualmente franca en cuanto a la dimensión sexual de los personajes. También es gráfica en la representación de los efectos de la violencia. Deje a los niños en casa.

La trama puede sentirse demasiado cargada —hay lugar hasta para una escuadra de espías soviéticos— pero siempre encuentra su centro en la serena actuación de Hawkins. Con su pareja atrapada bajo capas de látex y maquillaje, ella debe cargar la mayor parte del peso emocional de la relación. Igualmente importantes son sus relaciones con Jenkins y Spencer. No es casualidad que todos estén nominados. La película flaquea al convertir a Strickland en un villano de una sola nota. Es como un vértice de maldad que absorbe todos los vicios sociales que caracterizan la época: es misógino, racista, homofóbico, clasista… la maldad del mundo se concentra en él. Shannon parece programado para este tipo de despliegues, pero suele ser más efectivo cuando encuentra notas de humanidad. Es el extraño defecto que le roba la perfección a un objeto precioso.

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