Thor: Ragnarok

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Crítica de cine | Thor: Ragnarok

Nuestro crítico de cine ya tiene una valoración para el estreno de la película Thor: Ragnarok. ¿Estará de acuerdo con él?

Las películas de Marvel siempre han tratado de conseguir un balance entre el ceño fruncido y la sonrisa. Dentro de su “universo cinemático”, la franquicia centrada en Thor es la que más claramente se ha perfilado en dirección de la ligereza. Y de las tres películas, Thor: Ragnarok es la que mejor lo hace. Está más cerca del mundo paralelo de Guardianes de la Galaxia que de Capitán América.

Thor: Ragnarok se desarrolla bajo la sombra de una profecía que anuncia la destrucción del reino de Asgard. Tanto así le dice el demonio Surtur (voz de clancy Brown) al dios del trueno, quien inicia la película encadenado, aparentemente a merced del villano. Añada a las complicaciones la aparición de Hela (Cate Blanchett), diosa de la muerte, la primogénita de Odín que nadie conocía o recordaba. Thor hace las paces con Loki (Tom Hiddlestone) para enfrentarlo, pero antes, deben sobrevivir en el torneo del Gran Maestro (Jeff Goldblum), un autócrata hedonista que ha convertido un planeta entero en su parque de diversiones. Imagine una sátira de Gladiador en el espacio exterior, y tendrá una idea bastante clara de la película.

Crítico de cine, Juan Carlos Ampié. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE
Crítico de cine, Juan Carlos Ampié. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

El director neozelandés Taika Waititi es candidato inusual para conducir el timón de uno de estos mamotretos taquilleros. Marvel ejerce un férreo control creativo. Ya ha devorado y escupido a talentos como el británico Edgar Wright (Baby Driver, 2017), quien abandonó Ant Man después de invertir años en el proyecto. Por una vez, parece que los instintos de la patronal y el artista a cargo de comandar el barco están en la misma sintonía. Waititi tiene un instinto cómico brillante. Aunque sus películas son inéditas en cines de Nicaragua, puede ver en Netflix la hilarante What We Do In The Shadows (2014), sátira de los reality shows que sigue las desventuras de un grupo de vampiros que comparte una casa en Wellington contemporáneo. Es tan absurdo, como tener a un dios nórdico peleando a la par de un científico alterado por una sobredosis de rayos gamma.

Thor Ragnarok es estilísticamente audaz, adoptando una estética enraizada en la década de los ochenta. El diseño de producción de Dann Hennah y Ra Vincent crea un mundo que asume el futurismo anticuado del Epcot Center de Disneylandia, teñido en brillantes colores. La música de Mark Mothersbaugh le da el mejor uso al sintetizador desde el tema original de la serie de Netflix Stranger Things. El realizador ha reconocido inspirarse en Big trouble in Little China (John Carpenter, 1986), pero yo detecto una deuda mayor con Flash Gordon (Mike Hodges, 1980). No es casualidad que David Banner aparezca de repente vestido con una camiseta que ostenta el dibujo de Patrick Nagel que sirvió de portada al disco Rio de la banda británica Duran Duran.

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La nostalgia es el arma secreta de esta película. Sus placeres más obvios están en la química cómica entre los actores. Chris Hemsworth destrona a Robert Downey Jr. como el mejor comediante de la compañía de actores Marvel. Su química con Ruffalo es sublime, al extremo que uno quisiera verlos explorándola fuera del contexto de un filme de superhéroes. Goldblum se roba cada una de sus escenas, como debe ser.

El problema de Thor… es que ese sentido de libertad creativa se ve condicionado por la dinámica de un filme de acción esquemático, que debe insertarse en un arco narrativo ya tradicional. La trama putativa del filme —el avance de Hela sobre Asgard—, se convierte en una distracción del evento mayor. Cuando no tiene que patear traseros a villanos genéricos, Thor… vuela.

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