El sábado, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, pronunció por internet un discurso analizando la peor crisis socioeconómica, humanitaria, de inseguridad ciudadana, de desabastecimiento y de colapso político que ha enfrentado nuestro hemisferio en décadas. Me refiero al caso de Venezuela.
El video apareció tres días después que los cancilleres americanos se reunieron en Washington para ver cómo la OEA podría ayudar a poner fin a esta triste situación. Pero como ha sido ampliamente reportado, en esta reunión no se logró consensuar un plan de acción común, obligando a la OEA a convocar una segunda reunión para, de nuevo, abordar la crisis venezolana. Este segundo intento supuestamente se llevará a cabo antes de la Asamblea General anual de la OEA el 19 de junio en Cancún.
El discurso de Almagro fue contundente. De manera clara y sin la palabrería enredada que algunos llaman el estilo diplomático, el excanciller uruguayo valoró con brutal franqueza la situación venezolana.
Almagro inició afirmando que el derrumbamiento de la institucionalidad en Venezuela era “responsabilidad directa de sus gobernantes”. Añadió que el régimen —palabra textual que usó Almagro— había “terminado de sepultar a la democracia” al negarle a los venezolanos el derecho de recurrir a un referéndum revocatorio en 2016, como lo faculta la Constitución. Y tildó la Constituyente promovida por Maduro como “fraudulenta, inconstitucional e ilegítima”. Para Almagro, ideas como la Constituyente venezolana eran “totalitarias del fascismo” y anacrónicas en “las Américas… en el siglo XXI”.
Seguramente de cara a la Carta Democrática Interamericana, Almagro acusó al Gobierno de haber desmantelado la separación de poderes, la justicia, y “todos los principios que hacen a un gobierno legítimo”. Y en clara alusión al gobierno de Nicolás Maduro, condenó a “una dictadura instalada sobre el sufrimiento de su pueblo, que se sostiene en el asesinato de su gente, en la prisión política de los opositores… y que cercena libertades, y siembra hambre, pobreza y enfermedad”.
Este discurso pasará a la historia por lo duro que fue. Pero lo que más me llamó la atención es que el secretario general también señaló, con nombre y apellido, a villanos y héroes en el drama venezolano. Para Almagro, la villana es Tibisay Lucena, la presidenta del Consejo Nacional Electoral, por haber facilitado “el fin de la democracia” al apoyar la Constituyente. Según el excanciller uruguayo, ella “es la autora y corresponsable de la peor embestida a la institucionalidad de Venezuela”. Y ¿quién es la buena de la película? Luisa Ortega Díaz, la fiscal general de Venezuela, quien cuestionó la Constituyente.
Dejando de un lado el discurso, hay que también reconocer la habilidad que demostró la cancillería venezolana al asegurarse del respaldo de los microestados del Caribe y de otros aliados como Nicaragua en la reciente reunión de cancilleres. Esto efectivamente bloqueó acción por parte de la OEA, ya que según sus estatutos se requieren el respaldo de dos tercios de sus miembros para actuar como buen componedor en casos como el venezolano. Veremos si en los próximos días los pesos pesados de la OEA —países como Argentina, Canadá, Colombia, Estados Unidos y Perú— lograrán convencer a un número suficiente de estas islitas para permitir que la OEA sirva de facilitador en la construcción de puentes entre Venezuela, su Constitución y la democracia, y entre los derechos humanos y el pueblo venezolano. Este elegante y hermoso concepto también lo acuñó Luis Almagro, el hombre que osó cantarle verdades al poder en Venezuela.
El autor fue canciller de Nicaragua, firmante de la Carta democrática interamericana en 2001.