El fracaso de la revolución chavista, “la madre de todas” las del Socialismo del Siglo XXI, conjuga el hundimiento moral con el socioeconómico. La revolución surgió de la descomposición de la democracia nacida del Acuerdo de Punto Fijo (1958), que se degradó paulatinamente hasta 1998, año de la victoria electoral de Hugo Chávez. La revolución chavista llevó como bandera: 1. La lucha contra la corrupción que había deslegitimado a la democracia punto-fijista, a pesar de varios aspectos institucionales positivos que esta preservó hasta su final. 2. La justicia social. 3. Una supuestamente revolucionaria democracia participativa. 4. La superación del modelo rentista petrolero. La revolución socialista del Siglo XXI aparentaba ser una nueva (y según muchos) promisoria ruta.
La petro-revolución chavista, inicialmente, se diferenció de algunas de las etapas o tendencias de la mayoría de las revoluciones: No usó la fuerza, como ocurrió en las revoluciones que llamó clásicas por su importancia (la norteamericana, la francesa, la bolchevique, entre otras pocas). (Chávez entendió que la vía guerrillera, antes auxiliada por los Castro, había fracasado en Iberoamérica, salvo en Nicaragua). Tampoco hubo período de colaboración táctica entre moderados y radicales (que existió en otras revoluciones), ni tuvo (hasta 2014) una etapa de terror generalizado para consolidarse. A pesar de la polarizante y procaz retórica de Chávez, de su idiotizada admiración por el castrismo y su odio hacia Estados Unidos (su principal y buen pagador socio comercial), subsistía la posibilidad de que el golpista frustrado —metamorfoseado en demócrata— lideraría una nueva alternativa político-moral democrática, con economía mixta: estatal, privada y comunitaria.
Falsas promesas. Ilusiones rotas. Chávez (y luego su heredero) resucitó el caciquismo; empeoró la corrupción; ahondó la dependencia nacional de la renta petrolera. El empuje inicial de los programas sociales clientelistas, pagados con el auge de los precios petroleros internacionales, se hundieron con estos. La corrupción y la ineficacia malgastaron aproximadamente $840,0000 millones ingresados entre 1999 y 2014, los mayores de la historia venezolana. De aquí surgió la ultra-corrupta boliburguesía. A diferencia del tipo de revoluciones producidas por la larga evolución de una clase incrementalmente rica y fuerte que, finalmente, toma el poder, el chavismo repitió el proceso inverso, propio de las revoluciones socialistas-dictatoriales: Desde el poder creó una clase nueva de asaltantes contra toda la nación.
Autoridades de España, Francia, Estados Unidos, Haití, etc. y exfuncionarios de confianza del chavismo han denunciado (directa o implícitamente) la “narco-estatización” de Venezuela. Veamos algunos ejemplos. París, 2013: Capturados altos cargos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) con 5,060 libras de cocaína. La DEA y otras agencias señalaron por participar en narcotráfico (entre otros) a los siguientes personajes: General Luis Rangel, ex ministro de Defensa; Hugo Carvajal, ex ministro de Defensa; general Néstor Reverol, ministro del Interior; Luis Motta Domínguez, exdirector de la GNB; Tareck El Aisami, vicepresidente de Venezuela, denunciado por el poderoso narcotraficante (capturado en Colombia) Walid Maked; José David Cabello, “gerente” del cártel de Los Soles, denunciado por Leamsy Salazar, exjefe de seguridad de Chávez y de Diosdado Cabello. En 2015, fueron capturados en Haití con 1,760 libras de cocaína, portando pasaportes diplomáticos, los sobrinos presidenciales Efraím Marcos y Francisco Flores. Según la ONU, en 2010 por Venezuela ya circulaba 52 por ciento del narcotráfico mundial. Además, el país tiene el índice de corrupción mayor en Iberoamérica.
La revolución involucionó (sombras termidorianas) hacia formas revolucionarias fracasadas: Demolió las instituciones democráticas; reprime e impone el terror. ¿Qué bases legales o morales existen para apoyar a la narco-cleptocracia socialista del Siglo XXI?
El autor es Doctor (Ph.D). en Estudios Internacionales.