El Viacrucis Penitencial del Viernes Santo por la mañana avanza lentamente, el sol cae a plomo, como candente plomo derretido sobre los orantes penitentes. Es el ardiente sol del equinoccio de primavera que en las calles y campos de Nicaragua trae la época más seca y caliente del año.
Sudoroso y agobiante escenario natural, perfecto para recrear el momento litúrgico del doloroso sacrificio expiatorio de Jesús. El Cristo entrega lo más valioso que puede tener un ser vivo, su existencia, como ofrenda redentora. Entra a la oscuridad del sepulcro y se produce el gran milagro de la resurrección, de la vida eterna, liturgia celebrada en la oscuridad del amanecer, encendiendo el fuego, símbolo de vida y jubilosamente manifestada con la aurora del día. Símbolos del triunfo de la luz sobre la oscuridad, de la bondad sobre el egoísmo, de la vida sobre la muerte. Una respuesta teológica a las grandes angustias derivadas de la transitoriedad de la vida humana y del misterio del sentido de la existencia.
Los seres humanos en todas las épocas y culturas nos hemos angustiado ante la perspectiva de la desaparición individual, nos hemos interrogado sobre el sentido de la existencia propia y de la existencia del universo.
Las respuestas se han planteado desde los mitos, las religiones, la filosofía y la ciencia.
En muchas religiones el camino planteado es por la vía del sacrificio, de la renuncia a lo que es placentero, como expiación necesaria a la purificación y por ese medio lograr formas de conciencia, de desarrollo espiritual que permitan a la conciencia individual trascender más allá de la muerte corporal.
Nuestros antiguos pueblos náhuatl asociaban el estado que alcanzaría el alma, según fuera su muerte. Quienes morían en la “guerra florida”, o sea en la entrega al pueblo y a sus dioses, llegarían el paraíso.
El sacrificio está vinculado a un sentido moral, porque es estimado que quienes cumplen con las normas y valores predominantes en su cultura, serán quienes alcancen un estado de mayor perfección y gozo al trascender esta vida.
Para algunos, esta propuesta de las religiones de un paraíso en el otro mundo, es una forma de compensar la incapacidad de los seres humanos de lograr satisfacer todas sus necesidades en esta vida y de evitar el sufrimiento. Pero aunque aceptáramos esta afirmación del anhelo de una vida mejor después de la muerte, por la incapacidad de tenerla en esta vida, ello no responde a la necesidad fundamental del sentido de trascendencia, a la angustia vital de la existencia.
La gran pregunta del sentido del ser.
La ciencia en sus avances nos lleva en el microcosmos subatómico, a lo infinitamente pequeño y en el macrocosmos a lo infinitamente grande, rondando con el campo filosófico y teológico del infinito, por otro lado, la identificación de partículas subatómicas, con tiempos de existencia tan cortos, que parecerían ser inmateriales y atemporales, va rondando con el concepto de eternidad.
A medida que la ciencia avanza nos devela misterios que abren otros misterios más complejos.
Hoy, los físicos aspiran a formular una teoría que explique el universo, la Teoría Final la llaman algunos, Teoría del Todo, otros. Final y del Todo porque estaría explicando las leyes que rigen el universo y develando sus misterios. Conociendo el origen y la lógica que rige al universo, encontraríamos el sentido y control del ser.
Ambicioso es el ser humano. Intenta comprender por la fe y el conocimiento, los misterios insondables del universo, paliando su angustia existencial
Avanza el Viacrucis bajo el sol candente.
El autor es psicólogo social.