torre de Babel, estudiantes, Nicaragua, protestas
Fabio Gadea Mantilla

Semana Santa

Querida Nicaragua: increíble. El desbarajuste emocional en la semana en que menos debería producirse en la que casi todo es pachanga, bailadera y zanganada. Sí. Hace unos años graciosamente algún suplemento periodístico poco serio tituló en su portada Semana Zángana y por todas partes del suplemento se mencionaban el tipo de zanganadas que había que celebrar en la playa, concursos de belleza, juegos, concursos de bailes, concursos de las mejores tangas, etc.

Por supuesto que para la juventud de hoy todo esto es absolutamente normal y lícito. Nosotros los viejos les enseñamos o permitimos que les enseñaran ese tipo de excesos que se notan en todos los mares: música salsera hasta reventar los oídos, muchachas en tangas hasta quitar el aliento, concursos a quien se broncea mejor el rostro, miss simpatía, miss encanto, miss sonrisa, miss elegancia al caminar, etc., etc.

Digo que los jóvenes de hoy no tienen la culpa. Somos nosotros los que por comodidad no supimos inculcar a nuestros hijos la obligación de respetar la Semana Santa, de conjugar las fiestas religiosas de la ciudad con las vacaciones en el mar. De manera que no hay que culpar a nadie por el desbarajuste que ahora se observa, a nadie, de no ser la generación nuestra. Y esta verdad hay que reconocerla y no estar culpando a gentes inocentes que no hacen otra cosa que seguir las costumbres disolutas que les enseñaron sus progenitores.

Pero aunque solo quede para el recuerdo es bueno comentar las Semanas Santas de antes. Un Martes Santo como hoy ya era día de sosiego, de respeto profundo a la creación, a todo lo creado. Inclusive las familias que se iban al mar rezaban el viacrucis alrededor de la casa en donde pasaban larga temporada, pues en aquel tiempo no había las carreteras de hoy y los viajes al mar o a las fincas eran generalmente en carretas. Hablo de hace unos sesenta años en pueblos pequeños. El martes, como les digo, era un día en que nadie trabajaba o al menos se trabajaba únicamente lo estrictamente necesario. El miércoles era día casi solemne en espera del Jueves y del Viernes Santo, días en los cuales había concurridas procesiones y ocasión en que los sacerdotes lucían sus grandes dotes de oratoria en los púlpitos. Los sermones de la Semana Santa de aquellos tiempos eran piezas oratorias que conmovían a las multitudes y al oír las cuales no poca gente lloraba. En aquellas Semanas Santas y por aquellos sermones, se bautizaba, se casaban los que habían vivido juntos largo tiempo sin casarse, y se confesaba medio mundo. Eran filas enormes en los confesionarios. El mundo ha cambiado. Hay que entenderlo. En aquellos tiempos se decía, y uno no lo creía, que en el año 2000 la población mundial se triplicaría y la de Latinoamérica se cuadruplicaría y que la gente no cabría ya en las ciudades. No lo creíamos pero era la pura verdad. Lo que no nos dijeron era que habría parlantes del tamaño de una casa que nos podrían reventar los oídos y dejarnos eventualmente sordos, que habría celulares por todas partes para no dejarlo tranquilo a uno en ningún momento. No nos dijeron que habría computadoras e internet y que nuestros nietos se “chatearían día y noche hablando todo género de tonterías” y bajando música y viendo inclusive pornografía.

Pero todo esto es así. El mundo nuestro lo hizo Dios para que nosotros escogiéramos el tipo de vida que quisiéramos, sabiendo perfectamente que el rey de este mundo es el vivísimo Satanás. De modo que entre todo este bullicio siempre hay gente buena, gente que piensa, gente que tiene conciencia del bien y del mal y que esté donde esté se comporta cristianamente. No tengo la menor duda.

El autor es gerente de Radio Corporación y excandidato a la Presidencia de la República en 2011.   

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