Mientras más va “pintando” la Semana Santa, un sentimiento reflexivo y a la vez interrogador me embarga. León conserva un “embrujo místico”, el mismo que arrebatara el espíritu de Alfonso Cortés y se incubara en Darío, quien años después nos entrega en La Cartuja, su alma contrita, anidada en su carne “pesada”, pero absolutamente “consustancial”: “Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia, que al Ángel hace estremecer las alas”…
En León ya no se escucha el pitazo del tren en la curva de La Gota de Leche, mientras se enrumba hacia la estación; ni se encuentran en esta plaza los taxis “trompudos” y “atortugados” con su peculiar olor a esa gasolina de los cincuenta y sesenta, ofreciendo transporte a los recién llegados. Ahora caminamos en un improvisado tropel de triciclos (caponeras), entre falanges de turistas que han llegado a León, atraídos por el sol, el mar, la historia, la poesía, y la comida y bebida pródiga.
Veo entre la gente a Mariano Dubón y Azarías H. Pallais, arrastrando sus sotanas, ambos presbíteros dicen que Jesús está vivo; que el jocote de la Cuaresma, como la gallina rellena o el nacatamal de la Navidad, son expresiones de vida, siempre que se coman en la paz y fraternidad que da Jesús. Mientras lo observo, viene a mi mente como un estribillo inquietante: “Setenta veces siete”, palabras que hoy escucho salir de los labios del Maestro, con la misma autoridad y relevancia que se las dijo a Pedro en Galilea. ¿Cuántas veces tengo que perdonar Maestro? “Setenta veces siete”, que según los entendidos significa… siempre.
La sociedad actual está enferma, hay infección y hemorragia. Exuda pus por la infección que han sufrido los valores y principios éticos y sangra profusamente por la herida propinada por la daga cruel del desengaño, el despojo, la incomunicación en medio de tanta tecnología, el abuso del más fuerte al débil. La vida en sí misma ya no se cultiva y es común ver en los medios, declaraciones cargadas de dolor, pero obstinadas en la reciprocidad humana de la condena: “Que pague lo que ha hecho, treinta años es poco, que se pudra en la cárcel ese asesino”… Y no se alivia su dolor.
Pleno siglo XXI, vivimos una época donde campea la corrupción, el ventajismo; en las casas los hermanos quieren prevalecer entre sí, en el grupo o en la empresa hay que pasar “encima” del otro sin importar su honra, en el Gobierno hay que coger dinero a toda costa y es así que el “estilo Odebrecht”, ha embarrado a los distintos gobiernos. Y el ciudadano común, observando el enriquecimiento ilícito, la desfachatez en presentar cifras y apariencias que no se compaginan con su bolsillo raído y escuálido; la prepotencia de quienes ejercen el poder y para quienes no hay semáforos, ni regulaciones que los detenga. Y se resiente y “emponzoña”, ese corazón.
En plena Cuaresma y camino al Viernes Santo 2017, sigue Jesús diciendo “Setenta veces siete”, frase que pareciera una muletilla sin sentido en boca de predicadores, pero cargada de verdad actualmente, en que la sociedad y el individuo están enfermos de “ponzoña” y contra ese encono que envenena solamente existe el perdón… para la madre o el padre irresponsable, para el profesional negligente, para el comerciante o prestamista aprovechado, para el conductor ebrio que arrebató la vida del ser querido, para el gobierno prevaricador y hasta para el pastor pederasta o fornicario. Perdón que no prescinde de la justicia, sino que hace que se aplique correctamente; el perdón debe anteceder a la sentencia y así esta, se libera del involucramiento emocional y el sentimiento de venganza… Y sale la ponzoña y regresa la salud individual y social.
Darío lo comprendió muy bien y estremecido por esta verdad, llama al Nazareno: “Jesús incansable perdonador de injurias”…
El autor es médico.