El pasado 28 de febrero el pueblo nicaragüense conoció los acuerdos a los que, en relación a la situación política del país, llegaron el usuario del solio presidencial patrio y el representante de la OEA. Deseo por este medio desnudar, ante los ojos de la población, algunas de las perlas cultivadas para nosotros por los autores de esos acuerdos.
Empiezo por enumerar algunas perlas generales, las más gruesas:
1. Toda referencia a las recomendaciones presentadas en 2011 por la Misión de la OEA, y al desprecio con que las trató la dictadura, fue obviada.
2. Las numerosas, sentidas, y justificadas demandas que públicamente, hasta la saciedad, han venido introduciendo organizaciones políticas, de la sociedad civil, gremiales y religiosas, fueron olímpicamente ignoradas. Por ende, las múltiples exposiciones hechas por esas organizaciones a la comisión de la OEA –única forma de “participar” que se les concedió-, resultaron ser parte del guión de una comedia orquestada para guardar las apariencias.
3. El informe de la OEA sobre la situación electoral de Nicaragua, ese que motivara lo que terminó siendo un entendimiento entre Ortega y Almagro, ha sido mantenido celosamente oculto de la vista de los nicaragüenses. Y uno no puede menos que preguntarse si es posible fijar objetivos y adoptar medidas realistas y creíbles para “el fortalecimiento institucional político-electoral de la República de Nicaragua”, mientras se mantiene secreta la visión de la que se parte. La respuesta, a mi juicio: ¡difícil, por no decir absurdo!
Ahora permítanme sacar a luz otras perlas, no por más finas menos clarificadoras:
1. Cuando Almagro aceptó firmar acuerdos con el actual Presidente del Consejo Supremo Electoral (CSE), clara, implícitamente, aceptó como incuestionable su permanencia indefinida al frente de esa institución.
2. En los acuerdos se habla repetidamente de las garantías y facilidades que otorgará el actual CSE a la Misión de la OEA. Los nicaragüenses sabemos muy bien a que atenernos con las “garantías” que esos señores pueden ofrecer. Dicho de otra manera: un crédulo Almagro se entregó atado de pies y manos a la dictadura, aceptó que ésta dejara decretada la auto-supervisión del honorabilísimo CSE…
3. Con lujo de arrogancia, a lo largo de todo el documento Ortega impuso el uso de la palabreja “acompañamiento”. Muy tímidamente, en una sola ocasión se atrevió Almagro a protestar que ella significa “observación”. Un “acompañamiento” al que no se molestaron en poner fechas ni períodos. Algo carente de importancia, no hay duda…
4. Con increíble desdén —y justificado temor— a la ciudadanía, quedó prohibida la presencia, en esa Misión, de “acompañantes” nicaragüenses.
Para concluir, deseo presentar un breve esbozo de lo que considero son algunos de los objetivos y logros que los acuerdos en referencia, por el bien de Nicaragua, se proponen alcanzar:
En primer lugar, se trata de dar cristiana sepultura a todo cuestionamiento contra la legitimidad de la farsa electoral y sus resultados; en consecuencia, proporcionar a Ortega una máscara de respeto a la democracia que lo proteja, particularmente contra los embates que se puedan gestar en el exterior. Un paso crucial para que el clan familiar tenga una razonable posibilidad de ejercer su sagrado derecho –y deber- de continuar haciendo de Nicaragua un país feliz, cristiano, solidario, socialista y lleno de amor.
Luego, es necesario proporcionar, a partidos y personajes que la “derecha” injustamente califica de “oportunistas”, una excusa defendible para participar en las nuevas farsas, ahora resguardados por un escudo que —confían— les protegerá contra el ignominioso cognomento de “zancudos”.
En seguida, no es menos deseable el inducir divisivas confrontaciones entre aquellos opositores que de buena fe consideren que los acuerdos son un avance que no debe desperdiciarse, y aquellos que, más realistas, los evalúen en su justa dimensión y significado.
Por último, ningún daño hace el seguir sembrando entre la población semillas de desconfianza, desaliento y resignación.
La tarea que tenemos por delante los nicaragüenses que respetamos a la Patria, la ciudadanía y, para empezar, a nosotros mismos, la fuente de todo respeto, es ingente pero muy lejos de imposible. Y es una tarea nuestra, reconocimiento que no implica el demagógico rechazo al apoyo externo, si es correcto y bien intencionado…
El autor es presidente del PAC, autor de “La maldición del Güegüense”.