Orlando J. Icaza Gallard

Mujeres, tósigos y carnavales

Cuando se visita Irlanda, una de las atracciones que le muestran al turista es la del Castillo Blarney.

Existen en la fortificación muchas cosas interesantes entre las que se encuentra la piedra de la elocuencia que según la leyenda, hay que besarla para obtener dicho don.

Entre las muchas conjeturas, algunos creen que la piedra fue traída de Escocia. Región del norte británico donde supuestamente los cruzados escondieron al Santo Grial creando especulaciones desde tiempos medievales hasta más recientemente con su búsqueda intensiva y ridícula por parte de los nazis alemanes. Todo esto, aparentemente relacionado con un supuesto complot fascista y medio novelesco para fortalecer y encontrar el origen de la raza aria y a la vez, vengar el asesinato de los Cátaros en el sur de Francia, crimen atribuido a la inquisición durante la edad media.

En dicho castillo existe también algo que va correlacionado con todo los ataviares políticos de la Europa medieval: el jardín de las plantas venenosas.

Existe allí toda una colección de hierbas, árboles y plantas que pueden causar la muerte.

Era costumbre europea tener en cada fortaleza o casa de importancia dicho jardincito, cultivarlo y cuidarlo por si se necesitaba de él.

Curiosamente, la atención del vergel, estaba bajo los auspicios de mujeres sibilinas quienes por sus habilidades herbolarias, hechiceras y mágicas practicaban el oneroso oficio de envenenar.

Usanza muy antigua pues entre estas mujeres estaba la famosa Circe quien quiso, pero no pudo, envenenar a Odiseo.

En Roma fueron conocidas Canidia —quien envenenó a Germánico, sobrino de Tiberio— Locusta, unas de las más llamativas y de origen Galio, quien trató de eliminar sin éxito a Claudio precursor de Nerón y cuyo sucesor Galba la condenó a muerte por sus crímenes debidos a su nefasta especialidad que practicaba con mucho arte.

Otras famosas fueron Cornelia y Sergia de la aristocracia romana, quienes en el año 331 causaron muerte a muchos personajes destacados.

200 años más tarde se produce el escándalo de Las Bacanales donde 2,000 mujeres fueron encontradas culpables de envenenar a numerosos ciudadanos de todas las clases sociales y oficios inclusive a sus propios maridos, influenciadas por el culto al dios Baco. Prácticas en que participaban solo mujeres inicialmente que originaron el significado de la palabra bacanal y también los famosos carnavales que se celebran año con año en el mes de febrero.

La moda de envenenar enemigos y a aquellos que causan problemas de tipo político o sentimental es más antigua que la historia misma.

Se tienen datos desde hace 5,000 años cuando el faraón Menes en el antiguo Egipto cultivaba con mucho celo dichas plantas ponzoñosas.

Luego, el hábito pasó a los griegos, macedonios y persas donde Alejandro el Magno parece haber sido una de sus víctimas.

Le continuaron los romanos y de estos aprendió la Europa medieval donde reyes, príncipes y papas pagaron con sus vidas bajo los efectos de la cicuta y otros tósigos de origen vegetal.

Desde el siglo pasado, donde los químicos y radiactivos reemplazaron al estramonio, acónito, adelfa (narciso en Nicaragua) higuera y la belladona entre otras, son los rusos los alumnos más sobresalientes en este funesto oficio.

Bien recientemente, compitiendo con sus hermanos de ideología fascista, los coreanos del Norte empleando a una Livia Drusila, hace apenas unos días, envenenaron exitosamente al medio hermano del infeliz gobernante de ese desdichado país.

En Nicaragua interesantemente fue un varón con el nombre de Oliverio Castañeda quien a pesar de no tener jardín fue el más destacado en esta profesión.

Sin embargo, la costumbre no llegó a enraizarse tanto en este país, tal vez porque no nos gusta cultivar jardines, no somos muy instruidos en sustancias de laboratorios y artificiales o porque carecemos de mujeres sicarias que les gusten las hierbas, los hechizos y otros aromas o quizás será por asuntos de machismo antropológico ya que se prefiere el plomo no por vía oral aplicado directamente al cuerpo a otros métodos con menos rodeos como los que les recetaron a Sandino a los Somoza, padre e hijo, a periodistas y alguno que otro contrarrevolucionario.

Líbrenos pues Dios de los jardines bien cultivados de mansiones medio ocultas y de cualquier Agripina que cuide de ellos.

El autor es médico y cirujano.

Opinión carnavales mujeres archivo
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