Carlos Perezalonso
“Bello amigo, atardece”.
(Ricardo Lindo)
Tenías nombre de personaje medieval.
Como suele suceder cuando alguien muere, pensamos: “Le hubiera dicho tal cosa, le hubiera leído tal otra”. Idioteces que los vivos creemos importantes.
Pero es justo recordarte y recordar aquellas cosas que nos alegraron. Las tantas veces que nos emborrachamos en San Salvador con la gritona poetería, los cuentos, los poemas, los fantásticos secretos de la vida.
A vos y a Juan Aburto debo mi afición a las historias de duendes.
La última vez que platicamos noté cómo brotaba lenta pero bella orquídea silvestre, tu alegría, desde el fondo de tu doloroso silencio.
Recordamos aquella entrevista que nos hicieron en la televisión, cuando te preguntaron si la poesía tenía alguna utilidad, y enojado respondiste, parodiando al francés: “¡Claro que la poesía sirve! ¡Pero ahora no me acuerdo para qué!”
Ahora, amigo, ya sabes para qué. Lo sabes muy bien.
Carlos Martínez Rivas se improvisa
Carlos Perezalonso
Si me siento en ese escritorio,
dijo Carlos, sale
un poema. Y lo hizo.
Horrible. Sin
soledad, sin sufrimiento,
sin escondida alegría,
sin eternidad, sin
infinito, sin tiempo.
Absolutamente temporal.
Fugaz. La otra mitad
que se nos irá de las manos,
según Baudelaire.
Su iluminado furor rompe el poema.
Lo avienta al viento.
Enfurruñado se arrincona. Toma
un trago de ron.
Murmura quién sabe qué.