Ciertamente, los nicaragüenses hemos vivido un desarrollo sociocultural excesivamente dependiente y con muy poca —o sin— identidad. Observemos: si vamos por una semana a Costa Rica, regresamos hablando como ticos. Si vamos a Buenos Aires ya arribamos hablando como argentinos. Y, el colmo es que los nicaragüenses tuvimos un ministro de Relaciones Exteriores que se considera norteamericano y habla como tal sin ninguna vergüenza. Debió quedarse allá.
Tengo la sensación que esto se debe a que, en nuestra educación —en sus contenidos metodológicos— no se estimulan los valores nacionales, las identidades locales, los conocimientos internos de nuestra cultura indígena y negra. Al parecer, nos da vergüenza conocer nuestras costumbres y creencias particulares, relacionadas con nuestros ancestros.
Una expresión en la práctica social se presenta con el consumo alimentario, decir, que vamos a tomar un tiste, o un pinol, es vergonzoso, comer frijoles a muchas personas les causa una crisis social. Preferimos tomar un vaso de veneno negro (gaseosa); comer “algo chatarra” esto significa ser moderno, estar en condiciones de moda, y de comparación con la élite social. Aunque, la ingesta sea poco o nada nutritiva, y con el riesgo de consumir productos contaminados y nada útil para el organismo humano.
Es por eso que, además, heredamos el gusto y la demanda política por el caudillismo y las actitudes fraudulentas. Algunos ejemplos: a los ciudadanos no les gusta pagar impuestos. Los empresarios alaban y gritan que hay un mejor gobierno, cuando este les concede exoneraciones, viven felices, se expresan pro/gubernamentales. Aunque este sea centralista, dictador, represivo, violador de los derechos humanos. La sociedad en general trata de ubicar a un gobierno viciado, corrupto, pero, que libera del cumplimiento de la ley y el derecho. Sociedad entregada al fraude, a la mentira, al engaño y a la falsedad.
Estamos tan colaboradores con la corrupción, que, durante la administración Alemán/Rizo (1997/2001), la grita popular expresaba, aunque roben, al menos hacen rotondas. En una expresión de complicidad política y ausencia de dignidad ciudadana, indiferente ante el derecho a exigir el buen uso de los recursos financieros comunitarios. Las administraciones que han defraudado o mal utilizado los recursos financieros, aportados por la sociedad, nunca deberían volver a tener en sus manos la decisión o acceso a recursos colectivos. Ya sabemos cuál será el destino de nuestros impuestos.
Los procesos educativos deben hacer esfuerzos para incrementar los contenidos pedagógicos, que releven los valores que superen la dependencia y el amor al caudillismo y las actitudes fraudulentas. La ciudadanía nicaragüense debe rechazar y mostrar vergüenza por esta herencia histórica. Así podemos cambiar nuestra cultura dependiente. Podemos hacerlo con solo ponernos a pensar en este aspecto sociocultural.
“Recordemos que en ese documento (de 2014) decimos que somos herederos de una cultura caudillista y al mismo tiempo fraudulenta, que marca la política del país”. Monseñor Silvio José Báez Ortega (01/12/16).
El autor es sociólogo e Investigador Social.
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