Benito Agustín Díaz L.

La misión de educar

Estamos abriendo las puertas a un nuevo año escolar, un hecho que pone en movimiento a familias, a educadores, a niños y jóvenes. Es el inicio de esa maravillosa aventura de cercanía, de encuentro de padres, maestros y alumnos, necesaria para la educación de cuantos llegan a nuestras aulas.

Cercanía que necesitamos, padres y maestros, para descubrir los tesoros, valores, que todo niño encierra y que son fundamentales en el ejercicio de sus deberes, derechos, dignidad, respeto y ejercicio de sus obligaciones. Cada niño está llamado, para ser él, a desarrollar sus talentos. La escuela, después de la familia, es el campo propicio para este desarrollo. Por eso los maestros somos actores imprescindibles en la formación del hombre y de la mujer del mañana.

A través de una cercanía con rostro humano, me atrevería a pedir divino, el rostro de Dios en el maestro, podríamos asegurar el impacto que la acción, la palabra y el testimonio del maestro, así como el de los padres en primer lugar, produce en los niños.

Los padres y los maestros comparten un espacio común, las aulas, donde los hijos se transforman en alumnos. Es en el aula, donde el maestro continúa la misión formadora iniciada en el hogar, lugar donde se fundamentan las bases del hombre y de la mujer del mañana. Es la familia donde el hijo se despierta a la vida, a la sociedad y donde se incuban los primeros ideales del mañana.

La escuela, el maestro, con vocación educativa, debe reforzar, acrisolar, esos valores fundamentales que los padres deben sembrar en sus hijos, antes de llevarlos a la escuela. Es muy difícil que la escuela dé lo que los padres no han dado a sus hijos.

Por eso ser educadores es una misión que nos asocia a la paternidad y a la maternidad, porque con los padres el educador contribuye a la plena formación de sus hijos. Si la escuela es el segundo hogar de vuestros hijos, padres, es algo que debéis tener en cuenta. Valorar la escuela, enaltecer la misión y el trabajo del maestro, es algo que hace que el hijo se sienta feliz, en medio de sus compañeros y al lado del maestro, de la maestra. Así aprenderá a valorarlos, a admirarlos, a amarlos. Valorar al maestro, querer al maestro, algo indispensable para una buena educación. Si el maestro debe conocer a sus alumnos, también debe conocer a sus padres para cumplir mejor su misión educadora con aquellos que acuden a nuestras aulas soñando en un futuro que llene sus ilusiones y esperanzas. Padres no tengan reparo en acercarse a las aulas de sus hijos. En un diálogo con el maestro aprenderán mejor a conocer a sus hijos y ayudarlos en su desarrollo físico, intelectual y espiritual. No olvidemos que educar hoy es preparar el mañana de estos niños, empeño que juntos debemos hacer: padres y maestros.

El autor es hermano  cristiano y educador.  

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