Francisco Aguirre S.

¿Cómo pasó?

En esta última entrega de mi trilogía sobre las elecciones norteamericanas de 2016, examino cómo ganó la presidencia Donald Trump y cómo Hillary Clinton contribuyó a su derrota.

Cuando Donald Trump decidió postularse como candidato a la presidencia contaba con ciertos activos que supo explotar. Era ampliamente conocido como un empresario exitoso. Su fama se debía, en gran parte, a su programa popular de televisión: El Aprendiz. Pero, además, en un año en que gran parte del electorado estaba harto con “Washington” —sinónimo de la política convencional, y del “establishment” político, financiero, académico y de los medios— Trump se proyectó como una cara nueva que nunca había participado en la política y que no le debía favores a nadie.

Trump tenía otros “activos”, como su manera agresiva de hacer política. Tildó a sus adversarios de carecer de energía (Jeb Bush), de mentiroso (Ted Cruz), de fea (Carly Fiorina) o delincuente (Hillary Clinton). Este estilo le cayó en gracia a muchos de sus admiradores blancos de clase baja y poca formación por su estilo franco y porque hablaba como ellos.

El otro gran “activo” de Trump fue rechazar implícitamente la noción de que un Estados Unidos cada vez más diverso era mejor. Sus seguidores interpretaban su consigna, “hacer América grande otra vez”, como una señal que el señor Trump volvería al país a lo que fue en sus tiempones cuando los anglosajones eran la mayoría de la población y  lo dominaban social y políticamente.

El mensaje de Trump se convirtió en una serie de promesas como (i) construir un muro en la frontera sur para frenar el flujo de inmigrantes hispanos ilegales y obligar a México pagar para su construcción; (ii) deportar a todos los ilegales, o al menos aquellos que eran delincuentes; (iii) revocar los tratados de libre comercio, que habían golpeado al sector industrial estadounidense; y (iv) revocar el impopular Obamacare, el seguro médico para los pobres que promulgó el presidente Obama. Trump nunca explicó como cumpliría con estas y sus muchos otros ofrecimientos pero sus bases no querían explicaciones. Estaban más que satisfechos con su enfoque populista y de golpear al “establishment”, especialmente los medios grandes e influyentes norteamericanos que eran los blancos preferidos de Trump.

El genio del señor Trump fue captar que el 70 por ciento de los estadounidenses creían que su país andaba por mal camino. Y en definir a Hillary Clinton como la candidata del “establishment”, alguien que personificaba más de lo mismo, y una continuación de las políticas de la Administración Obama y de las élites estadounidenses.

La campaña de Hillary Clinton, por otro lado, nunca pudo definir a Trump. Lo atacó por falta de transparencia por nunca haber divulgado, por ejemplo, lo que pagaba en impuestos, algo que era de rigor en la era moderna de la política estadounidense. Lo acusó de ser un empresario fracasado por sus múltiples empresas que quebraron. Lo acusó de ser un estafador por tener empresas, como su “universidad” que cobraba caro pero no impartía conocimientos. Y lo acusó de no respetar a las mujeres. Pero Trump resultó ser un candidato de teflón. Ninguna de las críticas les hizo mella. O, para ser más precisos, no les preocupaban a sus bases porque ellos lo veían como el vocero de su descontento, como el mesías que “drenaría al pantano” que era Washington.

En honor a la verdad, Clinton también era una candidata vulnerable. Aunque muchas mujeres eran sus incondicionales por ser la primera candidata a la presidencia de uno de los dos grandes partidos, no despertaba el mismo entusiasmo entre la población en general. Fue vulnerable por no haber seguido las normas establecidas por el Gobierno para guardar sus correos electrónicos oficiales cuando era canciller de la República. Fue vulnerable por la manera “antidemocrática” en que logró la nominación de su partido contando con el apoyo del Comité Nacional Demócrata y de los “súper” delegados demócratas que no fueron escogidos en primarias. Y fue vulnerable por supuestamente haber enriquecido a la Fundación Clinton recurriendo al “tráfico de influencia” cuando era secretaria de Estado.

Clinton también se confió de las encuestas que aseguraron hasta al final de que tenía la victoria asegurada. Se confió que no tenía que hacer campaña en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, tres estados sólidamente demócratas pero que habían perdido cientos de miles de empleos industriales ya sea en los altos hornos siderúrgicos de Pittsburgh o en la industria automovilística de Detroit. Y los perdió.

Entre los factores exógenos que perjudicaron su campaña, dos se destacan. El primero fue el “haqueo” de los correos electrónicos de la campaña demócrata por Rusia y su filtración por WikiLeaks. Y el segundo fue la manera insólita en que el director de la FBI anunció que renovaría su investigación de los emails de la excanciller pocas semanas antes de la votación. Ambas “sorpresas” perjudicaron la campaña de la señora Clinton y contribuyeron a su derrota.

Hillary Clinton tiene la satisfacción de haber obtenido casi tres millones más votos que Trump y de haber sacado más votos que cualquier otro hombre blanco en una elección presidencial. Pero las encuestas “boca de urnas” demuestran que aunque ganó el voto negro, hispano, asiático y de mujeres, la participación de estos grupos no alcanzó los mismos niveles que logró Obama en 2008 y 2012. Esto, quizás, se debe a su falta de carisma o a que los votantes la percibían como más de lo mismo cuando anhelaban un cambio. O quizás porque la clase media no la veía  como su vocera si no como la campeona de las élites… y de sus donantes.
El autor es politólogo e historiador y fue Embajador en Estados Unidos.

COMENTARIOS

  1. ronyforeveralone
    Hace 10 años

    Es curioso que Trump hace los mismo que criticaba de Clinton rodearse de ricos de Wall Street en su gabinete por ejemplo.

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