No fluye el dinero fácil hacia América Latina, de hecho, el total de exportaciones en 2016 rondará los 850,000 millones de dólares, 50,000 millones (6 por ciento) menos que en 2015 cuando la caída respecto al año anterior ya había sido del 15 por ciento, según el BID. Esto refleja principalmente la baja en las exportaciones hacia Estados Unidos (EE.UU.) (-5 por ciento) y la propia región (-11 por ciento); a las que se suman los descensos en los envíos a China (-5 por ciento), el resto de Asia y la Unión Europea (-4 por ciento).
Pero esto es solo ilustrativo, porque las sociedades no son ricos por lo que exportan, sino por la productividad de su sistema. Un país podría exportar poco y, sin embargo, ser rico si su economía es eficiente. Ahora, ¿qué es la eficiencia? Dice la metafísica aristotélica, que la causa eficiente o motriz es el estímulo que desencadena el proceso de desarrollo natural, al tiempo que define a la violencia, precisamente, como aquello que pretende desviar el desarrollo natural, espontáneo, de las cosas reprimiendo al estímulo eficiente.
De aquí que el Estado, cuando utiliza su monopolio de la violencia —o poder de policía— para imponer “orden”, provoca ineficiencia. Hablando en términos económicos, podemos decir que la mayor eficiencia se da cuando las personas son menos reprimidas por la coacción estatal ya que esto les permite expresar al máximo su naturaleza creativa y su potencial de trabajo.
Así, lo importante es que la sociedad pueda desarrollarse naturalmente, espontáneamente, sin que la coacción —violencia— del Estado, o de quién sea, la coarte. De modo que, a pesar de la insistencia de los ortodoxos, no es realmente el “excesivo gasto estatal” lo que retrasa a un país, sino la represión que se ejerza. Pero los ortodoxos tienen razón indirectamente y es que el gasto estatal suele solventarse coaccionando a los ciudadanos para que paguen impuestos. Si este gasto fuera financiado sin reprimir a las personas, por ejemplo, con la venta de propiedades estatales, no conllevaría un retraso social.
Y así es cómo, mientras que la dirigencia argentina insiste en reprimir cada vez más a la sociedad con una presión fiscal brutal —impuestos, inflación, etc.— que en algunos casos supera el 70 por ciento de sus ingresos, llevando al país hacia el precipicio, el gobierno brasilero intenta zafar, precisamente, de este estatismo parasitario.
Con un decreto de “solo” 440 páginas se agregaron 122,327 millones de dólares (US$7,500 millones) al presupuesto del gobierno argentino que inicialmente era de 1.4 billones de dólares (US$ 875 mil millones) para 2016. Así, el déficit que ya era de un brutal 4.9 por ciento —la Unión Europea considera excesivo a un déficit que supere el 3 por ciento— superaría el 6 por ciento del PIB.
Por el contrario, el gobierno brasileño logró —a pesar de la oposición del 60 por ciento de la población— que el Senado aprobara, definitivamente, una enmienda constitucional que mantendrá en mínimos el gasto público durante los próximos veinte años, ordenando que el aumento anual quede limitado a la tasa de inflación del ejercicio anterior. Entre 1997 y 2015, el gasto público había crecido al 6 por ciento por encima de la inflación del año anterior. Dicen los críticos que esta medida impondrá severos recortes del gasto destinado a los más pobres. Pero son los débiles, precisamente, los más perjudicados por la violencia estatal, ya que los impuestos son derivados hacia abajo por los más fuertes, los empresarios por caso, suelen pagarlos subiendo precios o bajando salarios.
El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.
@alextagliavini